Siempre he considerado necesario relacionar la espiritualidad de las cofradías de Semana Santa y la que se ha vivido y se vive en los ambientes monásticos y conventuales desde hace siglos. No lo digo porque las cofradías sean una clausura, ni mucho menos. Al revés, su vocación es bien contraria. Beben, sin embargo, de unas fuentes semejantes, de una actitud de meditación, penitencia y caridad, en torno a la muerte de Cristo en la cruz, de atención a los necesitados, pero también de herencia hacia la fe comunicada por los mayores. En mi condición de historiador, había escrito en 2005 un libro que se tituló “La procesión permanente de Pasión”, en el cual descubrí como autor y después a los lectores que se acercaron a sus páginas, ese ambiente de meditación que existía en las entonces numerosas clausuras vallisoletanas. Lo que pude experimentar el pasado Sábado Santo 2019 con la cofradía del Santo Entierro de Valladolid me confirmó, de manera vivencial, lo que había planteado como hipótesis y había llegado a concluir en aquel libro.
Debo aclarar que esta cofradía cada año invita a un amigo vinculado con la Semana Santa de la ciudad para participar en una procesión realmente emocionante: el Santo Entierro de Cristo, la devolución de la imagen del Cristo Yacente de Gregorio Fernández a la clausura de las madres cistercienses del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana. Existe, desde mi punto de vista, una interesante simbiosis entre esta cofradía nacida en Valladolid en 1930, hace noventa años y en pleno gobierno diocesano del arzobispo Remigio Gandásegui, y la propia comunidad de monjas, hijas de san Bernardo, el llamado “Doctor melifluo”. En toda esta trayectoria histórica, salvo alguna otra posibilidad que se planteó en los primeros tiempos, para la vida procesional de los cofrades del Santo Entierro resulta imprescindible la mencionada e impresionante imagen de Gregorio Fernández. Sin embargo, esto no podía ser un mero préstamo. Era menester una convivencia espiritual entre ambas partes. Hace muchos años, se empezó a realizar el Domingo de Resurrección esta devolución de manera solemne, en un amago procesional. Hoy cuenta con su propia liturgia.
Convenientemente ataviados, y con muchos gestos perfectamente estudiados, partimos de la iglesia del nuevo clasicismo, el desarrollado en el siglo XVIII, de este convento de Valladolid. La tarde de Sábado Santo era apacible aunque con algún viento que permitía un movimiento solemne de los paños, como se decía en los cortejos procesionales antiguos, paños enlutados con los cuales cada uno ocultábamos el traje de cada día para ser todos iguales pero en ocasión especial ante Cristo ya muerto, bajado de la cruz, depositado en un sudario y camino del sepulcro. Aquella procesión que ha abierto su circunferencia urbana, todavía lo podía hacer mucho más por las calles de Valladolid, porque cuenta con características para ello. Es un cortejo de enterramiento, con paso lento y silencioso, roto en ocasiones por un desgarrado sonido de viento. Nuestro semblante era sereno y aventajado, esto último con respecto a los que hace más de veinte siglos protagonizaron aquel entierro de Cristo que resultó muy austero y casi clandestino: nuestra fe nos conduce a la vida, a la celebración de la Pascua.
Al llegar a la Plaza de Santa Ana, la palabra predicada tuvo su lugar, su espacio, su momento, gracias al ministerio pastoral de mi querido amigo y sacerdote Guillermo Camino. Esta Plaza es auténtico atrio del espacio monástico de siglos, antes de producirse la entrada en la clausura, que es sepultura de este Cristo Yacente que no volverá a salir a la calle hasta el año que viene por el comienzo de la primavera. Y de nuevo, la solemnidad, el silencio, para la entrada por la puerta reglar. Nosotros con él, encaminando nuestros pasos por el claustro, donde la luz de esa tarde apacible se ha escondido, solamente iluminada cada estancia por los faroles, con el arrastrar de los hábitos de la cofradía, casi más propios de los caballeros de las órdenes militares; con las sombras monacales, con las monjas vestidas con la solemnidad que proporciona la cogulla. Su trayectoria discurrió por el claustro procesional, que esta última ha sido la función que estos espacios han tenido en los conventos y monasterios, además de articular los lugares de convivencia y de celebración de la casa. Finalmente entramos en el coro bajo en el cual la imagen fue depositada en el suelo, mientras las monjas que conforman la comunidad se encontraban en cada uno de los sitiales de la sillería, espacio coral para la alabanza a Dios. Estamos dentro de la clausura, del otro lado de la reja que desde la iglesia habíamos contemplado.
Así pues, el historiador lo vivió con ojos de observación, apuntando cada gesto porque nosotros solamente trabajamos con algunas catas del pasado y para llegar a conclusiones debemos aprender a “pensar históricamente” con una nueva mirada. El cofrade se sentía en familia, en medio de sus hermanos de la cofradía del Santo Entierro que le habían invitado a compartir, en esa tarde, la intimidad de su vida de devoción más cercana, casi tocando cada uno de los poros de esa piel en madera del Cristo sufriente. El vallisoletano se veía confirmado en su percepción: esta es una ciudad bella que debemos saber descubrir, abarcar, comprender, leer en cada una de sus piedras; una ciudad de pequeños rincones, de grandes impresiones, de espacios ocultos. El cristiano había participado de una meditación sobre el mayor acto de amor que Dios ha tenido para con nosotros, un tiempo para el silencio, exterior e interior, casi para hacer aquello que nos recomienda el Evangelio en el principio de cada Cuaresma: cada vez que quieras orar a tu Padre que está en los cielos, no te muestres de pie en las Plazas y de pie, como rezan los hipócritas. Ellos ya han recibido su paga. Cuando quieras orar a tu Padre, busca tu cuarto, cierra la puerta y entra en lo secreto y tu Padre que ve en lo secreto, te lo recompensará.
El Cristo Yacente vuelve a su cuarto, en el secreto y silencio de su clausura, a la intimidad de su cofradía, bajo la custodia de quién lo encargó hace siglos, las monjas cistercienses de San Joaquín y Santa Ana, las hijas de San Bernardo. Les aseguro que cada vez que he pasado desde entonces por aquella Plaza, que entro en aquella iglesia, que observo esa puerta reglar, no puedo olvidar lo que contemplé y viví en la tarde del Sábado Santo de 2019. No solo doy testimonio de ello sino que especialmente me muestro agradecido a mis hermanos cofrades por haberlo vivido junto a ellos.
Javier Burrieza Sánchez
Profesor Titular Historia Moderna
Universidad de Valladolid
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jueves, 26 de marzo de 2020
lunes, 23 de marzo de 2020
Trazado irregular
Queridos cofrades, queridos amigos
A lo largo de la vida el ser humano va creciendo física y psíquicamente. Desde el punto de vista físico ese cambio queda reflejado en aspectos externos como pueden ser la altura, el color del pelo, la masa muscular o la madurez en el rostro... Esos aspectos debemos de cuidarlos llevando una vida saludable, una buena alimentación, ejercicio físico.
A nivel psíquico también se evoluciona y se va teniendo conciencia de ese (nuevo) “yo” que estaba escondido y que empieza a salir a partir de la adolescencia, y es en ese punto cuando uno empieza a crecer como persona, si bien es cierto que esos primeros pasos requieren de un acompañamiento y cuidado constantes. ¿Y cómo cuidamos ese aspecto más interior? Con una vida saludable (interna), una buena alimentación (de espíritu) y ejercicio... mucho ejercicio (oración).
Lo malo es cuando se confunde (o se mezcla) lo externo con lo interno, pudiendo caer en el error de creer que una realidad externa alimenta nuestro espíritu casi tanto o más que un momento de oración en silencio. Son inseparables ambos aspectos, eso es evidente. Pero son realidades totalmente diferentes.
Raro es el camino de la madurez que seguimos en línea recta o en llano. La vida no es un trazado regular (gracias a Dios). Tiene muchas curvas, y subidas, y bajadas, y más curvas...pero todo ello hacia una meta, un objetivo, el que cada uno se haya marcado. Es posible, casi con total seguridad, que para llegar a ese objetivo se modifique la ruta elegida en más de una ocasión. Unas veces por elección propia, otras por recomendación de alguien de confianza y otras por imposición o causa de fuerza mayor.
Así es el camino de nuestra querida Cofradía, un trazado irregular, con sus aspectos externos y sus aspectos internos y tienen los dos una importancia fundamental, y ambos por el mismo motivo: LA IDENTIDAD.
Por el qué se nos conoce, y cómo lo cuidemos es la base del camino hacia esa madurez. Cada Junta de Gobierno se marca sus objetivos, incluso diferenciándolos en cada legislatura. Y en cada momento se hace especial hincapié en algún aspecto, ya sea externo o interno. Pero sin perder un ápice de esa identidad.
En el momento actual que nos ha tocado vivir, momento de cambios y reformas, se hace aún más importante mantener la identidad de nuestros cultos y nuestras procesiones, siendo conscientes de quiénes somos y hasta dónde queremos (o podemos) llegar.
Es por ello que desde esta Junta de Gobierno os pedimos más que nunca trabajar juntos en ese camino, haciendo nuestros, con nuestra forma de ser y hacer, cada uno de los actos que realizamos y cada salida procesional, porque a cada uno se le ha dado no sólo un aspecto externo cuidado, sino un profundo sentido interno. Un por qué lo hacemos y lo sentimos así, tan nuestro.
La imagen del Yacente entrando por primera vez, desnudo, el primer día del triduo, en el interior de la iglesia, la oscuridad del templo de San Lorenzo durante el rezo de la XII estación del Ejercicio del Via Crucis del Viernes de Dolores, la imposición del sudario a Cristo Yacente tras la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor o ese recorrido, entre faroles alzados, de nuestro Titular por la penumbra de la clausura del convento... todos estos momentos forman parte de nuestra identidad, de nuestro crecimiento hacia la madurez como cofradía.
Habrá más reformas, habrá otras Juntas de Gobierno, seremos más o menos cofrades, pero siempre tendremos el mismo objetivo en el camino: mantener nuestra identidad. Y esto lo conseguiremos primero cuidando nuestro aspecto interno y externo como cofrades del Santo Entierro, de forma individual, para luego poder ponerlo en práctica en el conjunto de toda la Cofradía. Así una identidad de cofrade individual, surgida de unas bases comunes, se transforma en identidad de toda una Cofradía cuando se recorre el mismo camino junto a nuestro Señor Yacente.
Jesús González Expósito, Presidente
A lo largo de la vida el ser humano va creciendo física y psíquicamente. Desde el punto de vista físico ese cambio queda reflejado en aspectos externos como pueden ser la altura, el color del pelo, la masa muscular o la madurez en el rostro... Esos aspectos debemos de cuidarlos llevando una vida saludable, una buena alimentación, ejercicio físico.
A nivel psíquico también se evoluciona y se va teniendo conciencia de ese (nuevo) “yo” que estaba escondido y que empieza a salir a partir de la adolescencia, y es en ese punto cuando uno empieza a crecer como persona, si bien es cierto que esos primeros pasos requieren de un acompañamiento y cuidado constantes. ¿Y cómo cuidamos ese aspecto más interior? Con una vida saludable (interna), una buena alimentación (de espíritu) y ejercicio... mucho ejercicio (oración).
Lo malo es cuando se confunde (o se mezcla) lo externo con lo interno, pudiendo caer en el error de creer que una realidad externa alimenta nuestro espíritu casi tanto o más que un momento de oración en silencio. Son inseparables ambos aspectos, eso es evidente. Pero son realidades totalmente diferentes.
Raro es el camino de la madurez que seguimos en línea recta o en llano. La vida no es un trazado regular (gracias a Dios). Tiene muchas curvas, y subidas, y bajadas, y más curvas...pero todo ello hacia una meta, un objetivo, el que cada uno se haya marcado. Es posible, casi con total seguridad, que para llegar a ese objetivo se modifique la ruta elegida en más de una ocasión. Unas veces por elección propia, otras por recomendación de alguien de confianza y otras por imposición o causa de fuerza mayor.
Así es el camino de nuestra querida Cofradía, un trazado irregular, con sus aspectos externos y sus aspectos internos y tienen los dos una importancia fundamental, y ambos por el mismo motivo: LA IDENTIDAD.
Por el qué se nos conoce, y cómo lo cuidemos es la base del camino hacia esa madurez. Cada Junta de Gobierno se marca sus objetivos, incluso diferenciándolos en cada legislatura. Y en cada momento se hace especial hincapié en algún aspecto, ya sea externo o interno. Pero sin perder un ápice de esa identidad.
En el momento actual que nos ha tocado vivir, momento de cambios y reformas, se hace aún más importante mantener la identidad de nuestros cultos y nuestras procesiones, siendo conscientes de quiénes somos y hasta dónde queremos (o podemos) llegar.
Es por ello que desde esta Junta de Gobierno os pedimos más que nunca trabajar juntos en ese camino, haciendo nuestros, con nuestra forma de ser y hacer, cada uno de los actos que realizamos y cada salida procesional, porque a cada uno se le ha dado no sólo un aspecto externo cuidado, sino un profundo sentido interno. Un por qué lo hacemos y lo sentimos así, tan nuestro.
La imagen del Yacente entrando por primera vez, desnudo, el primer día del triduo, en el interior de la iglesia, la oscuridad del templo de San Lorenzo durante el rezo de la XII estación del Ejercicio del Via Crucis del Viernes de Dolores, la imposición del sudario a Cristo Yacente tras la Procesión General de la Sagrada Pasión del Redentor o ese recorrido, entre faroles alzados, de nuestro Titular por la penumbra de la clausura del convento... todos estos momentos forman parte de nuestra identidad, de nuestro crecimiento hacia la madurez como cofradía.
Habrá más reformas, habrá otras Juntas de Gobierno, seremos más o menos cofrades, pero siempre tendremos el mismo objetivo en el camino: mantener nuestra identidad. Y esto lo conseguiremos primero cuidando nuestro aspecto interno y externo como cofrades del Santo Entierro, de forma individual, para luego poder ponerlo en práctica en el conjunto de toda la Cofradía. Así una identidad de cofrade individual, surgida de unas bases comunes, se transforma en identidad de toda una Cofradía cuando se recorre el mismo camino junto a nuestro Señor Yacente.
Jesús González Expósito, Presidente
sábado, 21 de marzo de 2020
Disponer para Jesús un nuevo sepulcro
“Lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro nuevo”
Feliz y comprometido camino hacia la Pascua. Siempre en novedad hacia el sepulcro nuevo. En el contexto de las novedades que estas próximas semanas nos traen, no dejamos de solicitarnos la creatividad para acoger las iniciativas de la reorganización de la Semana Santa en Valladolid. De un modo especial sentimos que tradición y novedad van hermanadas en la Pascua de Cristo. Toda su Pascua es novedad: nuevo fue su sepulcro y nuevo quedará, nuevos su sudario y vendas y nuevas permanecerán, y seguirán marcadas por la novedad de la resurrección para siempre. Sentimos la lógica de que la continuidad nos dé seguridad, y a la vez sabemos que es necesario situarnos ante la novedad como quien integra, madura y avanza. La Pascua conlleva ese equilibrio. Y con ese deseo es bueno que acojamos esta próxima Pascua.
Pascua es novedad, y a la vez es continuidad del gran Misterio de la Vida. Continuidad cada domingo, pues en él se renueva la Pascua, y a la vez novedad, porque el Misterio de Cristo renueva la vida, su Espíritu que nos ayuda a situarnos ante el compromiso.
Jesús mismo vivió la Pascua en novedad. Nuevo era el pollino que estrenó en Ramos, nuevo el brindis convertido en sacramento en la Cena de Pascua. Nuevo será su sepulcro en medio de tanta rutina…en la violencia de su muerte. Los crucificados eran sometidos a una rutina, la de aquellos que bien sabían lo que hacían: el modo como eran crucificados, cómo se prolongaba su dolor, cómo eran desenclavados y despojados en fosas comunes. Para los discípulos amigos, la memoria de Jesús debía salir de esa rutina y recibir el honor de su veneración. Tenía que ser sepultado en un sepulcro nuevo. De esta forma dieron también cumplimiento con total exactitud a la profecía de Isaías: (Is 53, 9)"Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte." La esperanza en la resurrección guiaba aquella decisión, si el cuerpo de Jesús hubiera sido arrojado en una fosa común, habría sido imposible verificar su resurrección, pero una tumba vacía sí que servía como una evidencia clara de la resurrección.
Así aquellos dos amigos fieles trasladaron el cuerpo de Jesús envuelto en una sábana hasta "un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno" (Jn 19, 41), excavado en la roca en un huerto cercano. Diligentes y con premura ungieron el cuerpo antes de depositarlo en la tumba. Como era costumbre entre los judíos, lavaron el cuerpo para después envolverlo en los lienzos con especias aromáticas. La iconografía del Santo Entierro ha guardado la memoria de los ungüentos utilizados: la mirra y los áloes que había traído Nicodemo. Así al mezclar los lienzos con esta mixtura, éstos quedaban pegados al cuerpo de Jesús formando una momia, tal y como se describe en el evangelio de Juan al referir el episodio de la resurrección de Lázaro. Llegados a este punto podríamos pensar que tal y como muestra nuestra imagen titular, el Santo Cristo representa el momento justo en que habiendo sido lavado el cuerpo acaba de ser colocado sobre el sudario. La santa cofradía inicial se dispondría a ungirlo. Acompaño en esta ocasión el presente saludo con dos imágenes de Raúl Berzosa, pintor contemporáneo, que nos muestra el doble ejercicio de aquellos primeros cofrades: colocar a Cristo en un sepulcro nuevo y ungirlo como Señor.
Puede resultar un ejercicio de piedad pensar qué de bueno le damos al Señor. Qué de buen perfume y aroma hay en nuestra vida para que sea nuevo ungüento que dignifique su espera de la mañana pascual. El propio Cristo nos dijo en la penúltima Cena, en Betania, que debemos ungir su santa presencia en los pobres, en los que se manifiesta su espera resucitadora de dignidad y justicia. ¿Cómo ungir al Ungido en sus ungidos? La respuesta es fácil: con la caridad que hace nuevas todas las cosas. Feliz y Santa Resurrección.
Guillermo Camino, Consiliario
Feliz y comprometido camino hacia la Pascua. Siempre en novedad hacia el sepulcro nuevo. En el contexto de las novedades que estas próximas semanas nos traen, no dejamos de solicitarnos la creatividad para acoger las iniciativas de la reorganización de la Semana Santa en Valladolid. De un modo especial sentimos que tradición y novedad van hermanadas en la Pascua de Cristo. Toda su Pascua es novedad: nuevo fue su sepulcro y nuevo quedará, nuevos su sudario y vendas y nuevas permanecerán, y seguirán marcadas por la novedad de la resurrección para siempre. Sentimos la lógica de que la continuidad nos dé seguridad, y a la vez sabemos que es necesario situarnos ante la novedad como quien integra, madura y avanza. La Pascua conlleva ese equilibrio. Y con ese deseo es bueno que acojamos esta próxima Pascua.
Pascua es novedad, y a la vez es continuidad del gran Misterio de la Vida. Continuidad cada domingo, pues en él se renueva la Pascua, y a la vez novedad, porque el Misterio de Cristo renueva la vida, su Espíritu que nos ayuda a situarnos ante el compromiso.
Jesús mismo vivió la Pascua en novedad. Nuevo era el pollino que estrenó en Ramos, nuevo el brindis convertido en sacramento en la Cena de Pascua. Nuevo será su sepulcro en medio de tanta rutina…en la violencia de su muerte. Los crucificados eran sometidos a una rutina, la de aquellos que bien sabían lo que hacían: el modo como eran crucificados, cómo se prolongaba su dolor, cómo eran desenclavados y despojados en fosas comunes. Para los discípulos amigos, la memoria de Jesús debía salir de esa rutina y recibir el honor de su veneración. Tenía que ser sepultado en un sepulcro nuevo. De esta forma dieron también cumplimiento con total exactitud a la profecía de Isaías: (Is 53, 9)"Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte." La esperanza en la resurrección guiaba aquella decisión, si el cuerpo de Jesús hubiera sido arrojado en una fosa común, habría sido imposible verificar su resurrección, pero una tumba vacía sí que servía como una evidencia clara de la resurrección.
Así aquellos dos amigos fieles trasladaron el cuerpo de Jesús envuelto en una sábana hasta "un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno" (Jn 19, 41), excavado en la roca en un huerto cercano. Diligentes y con premura ungieron el cuerpo antes de depositarlo en la tumba. Como era costumbre entre los judíos, lavaron el cuerpo para después envolverlo en los lienzos con especias aromáticas. La iconografía del Santo Entierro ha guardado la memoria de los ungüentos utilizados: la mirra y los áloes que había traído Nicodemo. Así al mezclar los lienzos con esta mixtura, éstos quedaban pegados al cuerpo de Jesús formando una momia, tal y como se describe en el evangelio de Juan al referir el episodio de la resurrección de Lázaro. Llegados a este punto podríamos pensar que tal y como muestra nuestra imagen titular, el Santo Cristo representa el momento justo en que habiendo sido lavado el cuerpo acaba de ser colocado sobre el sudario. La santa cofradía inicial se dispondría a ungirlo. Acompaño en esta ocasión el presente saludo con dos imágenes de Raúl Berzosa, pintor contemporáneo, que nos muestra el doble ejercicio de aquellos primeros cofrades: colocar a Cristo en un sepulcro nuevo y ungirlo como Señor.
Puede resultar un ejercicio de piedad pensar qué de bueno le damos al Señor. Qué de buen perfume y aroma hay en nuestra vida para que sea nuevo ungüento que dignifique su espera de la mañana pascual. El propio Cristo nos dijo en la penúltima Cena, en Betania, que debemos ungir su santa presencia en los pobres, en los que se manifiesta su espera resucitadora de dignidad y justicia. ¿Cómo ungir al Ungido en sus ungidos? La respuesta es fácil: con la caridad que hace nuevas todas las cosas. Feliz y Santa Resurrección.
Guillermo Camino, Consiliario
sábado, 20 de abril de 2019
Poema: “El Yacente de San Joaquín y Santa Ana”
Bajo una luz mortecina,
que cubre de emoción el templo,
en sus andas yace expuesto
el Cristo del Santo Entierro.
Unos cofrades lo velan;
Luz tenue, olor a incienso…
Un poeta se estremece
mientras escribe estos versos.
Mirando, señor tus ojos,
siento, que no soy nada,
solo un pobre hijo tuyo
que acude raudo a tu llamada.
Veo, en tu costado abierto,
como la sangre te mana,
por una lanzada infame,
sobrada de burla y saña.
Contemplo muy apenado,
esa figura acostada,
los pies y manos heridos,
mientras…
Reconforto mi alma.
Los luceros de tu cara
entreabiertos me fascinan,
y la paz que veo en ti,
a mi espíritu…
Traen calma.
Vuelve a mi lado Dios mío,
hazme ver, ¡como me amas!
en este templo sencillo,
donde moran las “hermanas”.
Esto reflejó un poeta,
cuando en silencio velaba,
al Cristo que yace muerto…
En San Joaquín y Santa Ana.
Jesús Medina
(Derechos reservados)
que cubre de emoción el templo,
en sus andas yace expuesto
el Cristo del Santo Entierro.
Unos cofrades lo velan;
Luz tenue, olor a incienso…
Un poeta se estremece
mientras escribe estos versos.
Mirando, señor tus ojos,
siento, que no soy nada,
solo un pobre hijo tuyo
que acude raudo a tu llamada.
Veo, en tu costado abierto,
como la sangre te mana,
por una lanzada infame,
sobrada de burla y saña.
Contemplo muy apenado,
esa figura acostada,
los pies y manos heridos,
mientras…
Reconforto mi alma.
Los luceros de tu cara
entreabiertos me fascinan,
y la paz que veo en ti,
a mi espíritu…
Traen calma.
Vuelve a mi lado Dios mío,
hazme ver, ¡como me amas!
en este templo sencillo,
donde moran las “hermanas”.
Esto reflejó un poeta,
cuando en silencio velaba,
al Cristo que yace muerto…
En San Joaquín y Santa Ana.
Jesús Medina
(Derechos reservados)
martes, 16 de abril de 2019
Reflexión: vivir o ver morir
En mi primera procesión acompañando al Santo Entierro, invitado por esta cofradía, el Sábado Santo, al ser suspendida la del Jueves Santo, me impactó muy gratamente el recogimiento y silencio de los hermanos cofrades y sobre todo la introducción de la planta de procesión dentro del convento rodeando el claustro, con un silencio total y en penumbra, solo alumbrado por los faroles que acompañan la procesión, lo que invita a rememorar el acontecimiento sufrido y vivido por nuestro Señor. Esta entrega por nosotros, nos lleva también a resucitar con Él a una vida nueva.
Cristo ahora viviente en la hostia Santa, es el mismo Cristo yacente que se entregó por nosotros y permanece en los sagrarios hasta el final de los tiempos, para atender nuestros ruegos y necesidades. No está estático, muerto, sino vivo y resucitado, renovando toda nuestra vida espiritual de amor a Dios y a los hermanos.
Vivamos nuestro amor al yacente y resucitado, no solo una semana al año, sino que nos acerquemos a acompañarlo y adorarlo en el sagrario y en el hermano, que tenemos al lado y requiere nuestra atención. Siempre en la vida de cada uno de nosotros tenemos un momento de inflexión para darnos cuenta de cuánto necesitamos acercarnos a Jesús eucaristía.
Que vivamos intensamente esta próxima Semana Santa y que el resto del año le sigamos acompañando, velando y alumbrando al Cristo yacente y resucitado.
Abre Señor, nuestro Corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo.
Fernando Alonso Ruiz de Gauna
Presidente diocesano de Adoración Nocturna Española
Cristo ahora viviente en la hostia Santa, es el mismo Cristo yacente que se entregó por nosotros y permanece en los sagrarios hasta el final de los tiempos, para atender nuestros ruegos y necesidades. No está estático, muerto, sino vivo y resucitado, renovando toda nuestra vida espiritual de amor a Dios y a los hermanos.
Vivamos nuestro amor al yacente y resucitado, no solo una semana al año, sino que nos acerquemos a acompañarlo y adorarlo en el sagrario y en el hermano, que tenemos al lado y requiere nuestra atención. Siempre en la vida de cada uno de nosotros tenemos un momento de inflexión para darnos cuenta de cuánto necesitamos acercarnos a Jesús eucaristía.
Que vivamos intensamente esta próxima Semana Santa y que el resto del año le sigamos acompañando, velando y alumbrando al Cristo yacente y resucitado.
Abre Señor, nuestro Corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo.
Fernando Alonso Ruiz de Gauna
Presidente diocesano de Adoración Nocturna Española
sábado, 13 de abril de 2019
Quien yace: yacente
Entre las ocurrencias semánticas que nos sorprenden, está de moda forzar el género de algunos adjetivos como un modo de utilizar un lenguaje más inclusivo. No faltan las propuestas de su uso en el ámbito religioso y pastoral. Una recurrente vía intermedia es utilizar adjetivos epicenos, aquellos que sirven para sustantivos masculinos o femeninos con el mismo término, valga como ejemplo: YACENTE. O en forma sustantivada: el yacente y la yacente. No es mi pretensión hacer una reflexión sobre el lenguaje inclusivo, sino hablar de María, madre del yacente.
La Madre del Yacente, también se merece una consideración en nuestra Cofradía. La imagen mariana de la Dolorosa, la Soledad (en este año en que la Dolorosa de Pedro de Mena, ha vuelto a su Málaga natal) ha ido ampliando su presencia en nuestros cultos y en la escenografía pasionista del Templo. Quisiera invitaros a reflexionar sobre la imagen yacente de la propia María, algo no muy común en nuestra tierra (salvo Zamora) pero muy hispano.
El ámbito levantino español ha tenido un cuidado especial con este misterio bajo la denominación de la Dormición de María, aunque la Escritura guarda silencio al respecto y la Tradición se hace eco de noticias difusas. El silencio de Nazaret se prolongó tras la Pascua y Pentecostés. Su presencia en la Comunidad transcurrió callada como fuente fecunda escondida: Hortus conclusus, fons signatus (Ct 4, 12).
Nos resulta coherente que Juan no sólo la “Llevase a su casa” o “la tomase como algo propio”, hemos de entender que como hogar evangelizador, le acompañase en Jerusalén y según la tradición posteriormente en Éfeso, en donde se venera la Casa de María, un lugar sencillo que conservaba su memoria aún en épocas de menor tolerancia que la actualidad. La tradición la lleva de nuevo a Jerusalén, en donde su Hijo, que la había precedido en el Cielo, la esperaba con el mejor “lugar preparado”. Su Asunción es fiesta en la Orden del Cister, prosiguiendo la tradición francesa, que representa el paralelo a nuestra aportación hispana de la doctrina de la Inmaculada, si España es tierra de María, Francia es cielo para María.
Llegada la plenitud de la doctrina, el Papa Pío XII, declaró el dogma de la Asunción de María, en 1950, sin precisar en detalles de cuánto tiempo pasó entre su muerte y su tránsito al cielo, o si este tiempo fue inexistente, inmediato. Una piadosa tradición muy popular en el siglo XIV entendía que los discípulos, alertados de la inminencia de su Paso, volvieron a Jerusalén en donde asistieron a la Asunción a los cielos. Faltaba Santiago, ya martirizado, y el pertinaz Tomás, ahora en la lejana India, por lo que llegó tarde. El arte de la época difiere entre las versiones de la Dormición y la posterior Asunción, en el lecho y la versión de una Asunción más prolongada en el tiempo, al ser colocada en el Sepulcro…
La mayor parte de los teólogos actuales piensan que también Ella murió, pero, al igual que el Primogénito de entre los muertos, su muerte no podía rendir tributo al pecado, pues era la Inmaculada.
Tenemos constancia de que ya desde el siglo VI, se celebraba en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman algunos santos en un tránsito de amor.
A pesar del silencio de la Escritura, un pasaje del Apocalipsis deja entrever ese final glorioso de Nuestra Señora. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1).
El prefacio de la Solemnidad de la Asunción de María manifiesta la expresión del Magisterio que ve en esta escena, no sólo una descripción del triunfo final de la Iglesia, sino también una afirmación de la victoria de María (tipo y figura de la Iglesia) sobre la muerte. Motivados por la liturgia en la Misa de la Vigilia, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.
Celebrar Victoria de la Pascua de Jesús nos invita a ensayar el canto de alegría por la Victoria de María en su Asunción. La iconografía de su tránsito, su imagen como Yacente, añade al modo de representar el santo silencio de Cristo en el Sepulcro, una serie de signos de fiesta: aparece vestida de gala, coronada, rodeado de flores… todos ellos son signos de las letanías lauretanas aclamadas desde la perspectiva de este Misterio. Acompaño este saludo, con la bella yacente, de las Capuchinas de Sevilla, aunque pocos lugares como Palma de Mallorca se convierte en torno al 15 de agosto en una fiesta hermosísima en torno al lecho de la Yacente, aclamado por doquier. Más que bella dormida.
La Yacente, duerme esperando su Victoria en los cielos, como ella esperamos ser moradores del Cielo. Feliz Pascua.
Guillermo Camino, Consiliario
La Madre del Yacente, también se merece una consideración en nuestra Cofradía. La imagen mariana de la Dolorosa, la Soledad (en este año en que la Dolorosa de Pedro de Mena, ha vuelto a su Málaga natal) ha ido ampliando su presencia en nuestros cultos y en la escenografía pasionista del Templo. Quisiera invitaros a reflexionar sobre la imagen yacente de la propia María, algo no muy común en nuestra tierra (salvo Zamora) pero muy hispano.
El ámbito levantino español ha tenido un cuidado especial con este misterio bajo la denominación de la Dormición de María, aunque la Escritura guarda silencio al respecto y la Tradición se hace eco de noticias difusas. El silencio de Nazaret se prolongó tras la Pascua y Pentecostés. Su presencia en la Comunidad transcurrió callada como fuente fecunda escondida: Hortus conclusus, fons signatus (Ct 4, 12).
Nos resulta coherente que Juan no sólo la “Llevase a su casa” o “la tomase como algo propio”, hemos de entender que como hogar evangelizador, le acompañase en Jerusalén y según la tradición posteriormente en Éfeso, en donde se venera la Casa de María, un lugar sencillo que conservaba su memoria aún en épocas de menor tolerancia que la actualidad. La tradición la lleva de nuevo a Jerusalén, en donde su Hijo, que la había precedido en el Cielo, la esperaba con el mejor “lugar preparado”. Su Asunción es fiesta en la Orden del Cister, prosiguiendo la tradición francesa, que representa el paralelo a nuestra aportación hispana de la doctrina de la Inmaculada, si España es tierra de María, Francia es cielo para María.
Llegada la plenitud de la doctrina, el Papa Pío XII, declaró el dogma de la Asunción de María, en 1950, sin precisar en detalles de cuánto tiempo pasó entre su muerte y su tránsito al cielo, o si este tiempo fue inexistente, inmediato. Una piadosa tradición muy popular en el siglo XIV entendía que los discípulos, alertados de la inminencia de su Paso, volvieron a Jerusalén en donde asistieron a la Asunción a los cielos. Faltaba Santiago, ya martirizado, y el pertinaz Tomás, ahora en la lejana India, por lo que llegó tarde. El arte de la época difiere entre las versiones de la Dormición y la posterior Asunción, en el lecho y la versión de una Asunción más prolongada en el tiempo, al ser colocada en el Sepulcro…
La mayor parte de los teólogos actuales piensan que también Ella murió, pero, al igual que el Primogénito de entre los muertos, su muerte no podía rendir tributo al pecado, pues era la Inmaculada.
Tenemos constancia de que ya desde el siglo VI, se celebraba en Oriente la fiesta de la Dormición de la Virgen: un modo de expresar que se trató de un tránsito más parecido al sueño que a la muerte. Dejó esta tierra —como afirman algunos santos en un tránsito de amor.
A pesar del silencio de la Escritura, un pasaje del Apocalipsis deja entrever ese final glorioso de Nuestra Señora. Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas (Ap 12, 1).
El prefacio de la Solemnidad de la Asunción de María manifiesta la expresión del Magisterio que ve en esta escena, no sólo una descripción del triunfo final de la Iglesia, sino también una afirmación de la victoria de María (tipo y figura de la Iglesia) sobre la muerte. Motivados por la liturgia en la Misa de la Vigilia, aclamamos a Nuestra Señora con estas palabras: bienaventurada eres, María, porque hoy fuiste elevada sobre los coros de los ángeles y, juntamente con Cristo, has alcanzado el triunfo eterno.
Celebrar Victoria de la Pascua de Jesús nos invita a ensayar el canto de alegría por la Victoria de María en su Asunción. La iconografía de su tránsito, su imagen como Yacente, añade al modo de representar el santo silencio de Cristo en el Sepulcro, una serie de signos de fiesta: aparece vestida de gala, coronada, rodeado de flores… todos ellos son signos de las letanías lauretanas aclamadas desde la perspectiva de este Misterio. Acompaño este saludo, con la bella yacente, de las Capuchinas de Sevilla, aunque pocos lugares como Palma de Mallorca se convierte en torno al 15 de agosto en una fiesta hermosísima en torno al lecho de la Yacente, aclamado por doquier. Más que bella dormida.
La Yacente, duerme esperando su Victoria en los cielos, como ella esperamos ser moradores del Cielo. Feliz Pascua.
Guillermo Camino, Consiliario
lunes, 26 de marzo de 2018
Una reflexión con “los Novísimos”
Quería compartir con vosotros una reflexión para estos días de Cuaresma, que nos ayude en este peregrinar hacia la Pascua. Para ello voy a tener presente la obra denominada “los Novísimos”.
La muerte nos coloca siempre en la encrucijada. Fin de un trayecto e inició de otro que, por desconocido, nos angustia e inquieta. Pero hasta llegar a ese día tenemos mucho recorrido que hacer, y como peregrinos tenemos que andar.
Nuestro titular, el Cristo Yacente, nos ayuda con su testimonio de vida a saber cómo imitarle. Él, antes de morir en la cruz, tuvo que sufrir pequeñas muertes: nacer de María, es decir, hacerse hombre; nacer en Belén, huir de Herodes, etc. En todo: hacer la voluntad del padre. Y eso supone siempre morir a nosotros mismos, morir a nuestros criterios, a nuestra voluntad, pero siempre buscando un bien mayor. Es dejar espacio, vaciarnos de nuestros condicionamientos para llenarnos de Él. Así nos dirá Jesús “… Lo que hicisteis con uno de esos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis” (Mt. 25, 31-46). Sembremos a nuestro paso amor, alegría, comprensión, paciencia, aceptación del que es distinto; así podremos llegar al juicio con la confianza de haber hecho lo que el Maestro nos ha enseñado, porque no nos corresponde a nosotros enjuiciar las actuaciones de nuestros hermanos, sino sembrar amor. Ser luz que ilumine el camino de todos aquellos que entren en contacto con nosotros
El infierno será el desviarnos del verdadero camino que conduce a la Vida. Y la Vida, el cielo, lo tomaremos cuando nuestras vidas estén en sintonía con la enseñanza del Maestro.
Cuando contemplemos esta Semana Santa al Cristo Yacente, cuando le acompañemos en las procesiones, meditemos y pensemos en lo que Él fue capaz de padecer por cada uno de nosotros, y preguntémonos por lo que yo estoy haciendo por Él.
Muerte-Juicio-Infierno-Cielo. Cuatro realidades que os invito a reflexionar en esta Semana Santa.
Sor Teresa de Antonio
La muerte nos coloca siempre en la encrucijada. Fin de un trayecto e inició de otro que, por desconocido, nos angustia e inquieta. Pero hasta llegar a ese día tenemos mucho recorrido que hacer, y como peregrinos tenemos que andar.
https://twitter.com/MSJSAvalladolid
Los Novísimos. Museo de San Joaquín y Santa Ana. Una curiosa rareza del museo. Se trata de un escaparate de cera, napolitano, del siglo XVII, que representa la Gloria, el infierno, la muerte y el juicio final
Nuestro titular, el Cristo Yacente, nos ayuda con su testimonio de vida a saber cómo imitarle. Él, antes de morir en la cruz, tuvo que sufrir pequeñas muertes: nacer de María, es decir, hacerse hombre; nacer en Belén, huir de Herodes, etc. En todo: hacer la voluntad del padre. Y eso supone siempre morir a nosotros mismos, morir a nuestros criterios, a nuestra voluntad, pero siempre buscando un bien mayor. Es dejar espacio, vaciarnos de nuestros condicionamientos para llenarnos de Él. Así nos dirá Jesús “… Lo que hicisteis con uno de esos mis humildes hermanos conmigo lo hicisteis” (Mt. 25, 31-46). Sembremos a nuestro paso amor, alegría, comprensión, paciencia, aceptación del que es distinto; así podremos llegar al juicio con la confianza de haber hecho lo que el Maestro nos ha enseñado, porque no nos corresponde a nosotros enjuiciar las actuaciones de nuestros hermanos, sino sembrar amor. Ser luz que ilumine el camino de todos aquellos que entren en contacto con nosotros
El infierno será el desviarnos del verdadero camino que conduce a la Vida. Y la Vida, el cielo, lo tomaremos cuando nuestras vidas estén en sintonía con la enseñanza del Maestro.
Cuando contemplemos esta Semana Santa al Cristo Yacente, cuando le acompañemos en las procesiones, meditemos y pensemos en lo que Él fue capaz de padecer por cada uno de nosotros, y preguntémonos por lo que yo estoy haciendo por Él.
Muerte-Juicio-Infierno-Cielo. Cuatro realidades que os invito a reflexionar en esta Semana Santa.
Sor Teresa de Antonio
Una anécdota de la Cofradía
Nuestra Cofradía siempre ha sido muy original. Fuimos los pioneros en Valladolid en portar hachones de luz eléctrica a pilas, que emitían una luz de tonalidad verdosa, en nuestra primera participación en la Semana Santa de 1931. Estos hachones fueron sustituidos por faroles de mano en 1964. Desde entonces siempre hemos portado esos faroles, bien en su versión de cristal convencional con portalámparas eléctrico, como una linterna, o en su versión de caras opacas con la serigrafía de nuestro escudo y portalámparas de cera líquida. Bueno… siempre, siempre, no. Ha habido una excepción.
A principios de los años setenta, me atrevería a decir que fue en la Semana Santa de 1970, recién estrenada la nueva carroza, un cofrade que era comercial y tenía la representación de la marca “Camping gas” propuso a la directiva experimentar un nuevo y revolucionario sistema de iluminación, basado en lámparas de gas. Hasta el momento las cofrades de las diversas cofradías daban luz a los pasos con hachones de vela, de petróleo o eléctricos, pero nunca se había usado como combustible el gas.
Las lámparas de gas eran una versión del lumogaz convencional, que usaban y usan los campistas y los granjeros, adaptadas a modo de hachones. En esencia estaban formados por una bombona de gas, en la que se enroscaba un cuerpo superior que alojaba la parte incandescente (la camisa) y protegido por una bombeta de cristal abierta en su parte superior. Para portarlos se disponía de una lanza o pica que se insertaba en el recinto inferior que albergaba la bombona de butano. Su altura total sería superior al metro y medio.
Cuando los cofrades vimos aquel invento nos pareció muy revolucionario y nos dispusimos a sacarlos, por primera y única vez, en la procesión de la noche del Jueves Santo al barrio Girón. Pero pronto la alegría inicial se truncó. Eran difíciles de portar. Eran muy pesados, concentrando todo el peso en el extremo superior, por lo que no era muy fácil llevarlos en posición vertical. Además en esa posición estaban muy cerca de los ojos y tanta iluminación resultaba molesta.
Es verdad que daban mucha luz y que el espectáculo de la Cofradía pasando el puente del Poniente tuvo que ser muy vistoso, pero al tiempo eran muy ruidosos por lo que ese año el sonido de las colas de los hábitos quedó subsumido por el de la combustión del gas. Además, no se podían golpear contra el suelo, porque se rompía la camisa incandescente, con lo que el farol se apagaba. Si le golpeabas y temblaba el cristal de la bombeta había peligro de que se desprendiera. Por si fuera poco, emitían mucho calor y era un peligro arrimarlo a los hábitos. Más de un guante quedó chamuscado al acercarlos a la bombeta para comprobar si emitían calor.
Total, que lo que parecía que iba a ser un feliz experimento se convirtió en un suplicio. Nunca se volvió a saber nada de esos hachones de gas, ni tenemos noticia de que llegaran a comercializarse.
Fernando Martín Pérez
A principios de los años setenta, me atrevería a decir que fue en la Semana Santa de 1970, recién estrenada la nueva carroza, un cofrade que era comercial y tenía la representación de la marca “Camping gas” propuso a la directiva experimentar un nuevo y revolucionario sistema de iluminación, basado en lámparas de gas. Hasta el momento las cofrades de las diversas cofradías daban luz a los pasos con hachones de vela, de petróleo o eléctricos, pero nunca se había usado como combustible el gas.
Las lámparas de gas eran una versión del lumogaz convencional, que usaban y usan los campistas y los granjeros, adaptadas a modo de hachones. En esencia estaban formados por una bombona de gas, en la que se enroscaba un cuerpo superior que alojaba la parte incandescente (la camisa) y protegido por una bombeta de cristal abierta en su parte superior. Para portarlos se disponía de una lanza o pica que se insertaba en el recinto inferior que albergaba la bombona de butano. Su altura total sería superior al metro y medio.
Cuando los cofrades vimos aquel invento nos pareció muy revolucionario y nos dispusimos a sacarlos, por primera y única vez, en la procesión de la noche del Jueves Santo al barrio Girón. Pero pronto la alegría inicial se truncó. Eran difíciles de portar. Eran muy pesados, concentrando todo el peso en el extremo superior, por lo que no era muy fácil llevarlos en posición vertical. Además en esa posición estaban muy cerca de los ojos y tanta iluminación resultaba molesta.
Es verdad que daban mucha luz y que el espectáculo de la Cofradía pasando el puente del Poniente tuvo que ser muy vistoso, pero al tiempo eran muy ruidosos por lo que ese año el sonido de las colas de los hábitos quedó subsumido por el de la combustión del gas. Además, no se podían golpear contra el suelo, porque se rompía la camisa incandescente, con lo que el farol se apagaba. Si le golpeabas y temblaba el cristal de la bombeta había peligro de que se desprendiera. Por si fuera poco, emitían mucho calor y era un peligro arrimarlo a los hábitos. Más de un guante quedó chamuscado al acercarlos a la bombeta para comprobar si emitían calor.
Total, que lo que parecía que iba a ser un feliz experimento se convirtió en un suplicio. Nunca se volvió a saber nada de esos hachones de gas, ni tenemos noticia de que llegaran a comercializarse.
Fernando Martín Pérez
Vivir o ver morir
Posiblemente la vida de cada ser humano es una experiencia distinta, que debemos afrontar en muy diferentes circunstancias. Desde que nacemos, a cada uno de nosotros nos toca un papel que en la mayoría de las ocasiones no hemos elegido. Particularmente, yo jamás pensé que podía encontrarme inmerso en un momento que nunca olvidaré, como es la procesión del Santo Entierro, de la Cofradía homónima, de nuestra ciudad. No provoqué yo esta circunstancia, ya que fue una invitación personal de la misma Cofradía, honor que nunca podré agradecer suficientemente.
Pero sí puedo y deseo contar que uno de los momentos de emoción contenida, envuelta en un ambiente realmente difícil de explicar, fue el hecho de iniciar la entrada por la puerta del Monasterio de Santa Ana, para la devolución del Cristo Yacente, como es tradición hacer el Sábado Santo en la Cofradía.
De inmediato me vinieron a la memoria recuerdos de mi niñez, cuando asistí por primera vez a la pérdida de un ser querido, jamás lo olvidaré. En el transcurso del recorrido, los pasillos del Monasterio se hacían interminables, por la emoción que se palpaba, en un ambiente jamás vivido por mí, ya que realmente creí estar acompañando a un ser que acababa de morir. El silencio, solo roto por el sonido de un tambor, y la luz tenue de las velas, hacían que todos los pensamientos afloraran, sintiéndome en parte culpable de aquella tragedia ocurrida hace ya tanto tiempo, en la que los hombres fueron capaces de sacrificar a otro hombre llamado Jesús.
Miguel Ángel Soria Ruano
Carta del Presidente
Queridos Cofrades, queridos amigos:
Muchos han sido los discípulos de Jesús. Algunos lo eran abiertamente y otros, por el contrario, de forma más discreta. Uno de estos últimos, a pesar de ser seguidor de Cristo en secreto según los escritos, tuvo un papel muy destacado en las horas más oscuras del Maestro, y así queda reflejado por los cuatro evangelistas. Se trata, ni más ni menos, de aquel que siempre consideraremos como el primer cofrade del Santo Entierro.
Este hombre, de nombre José y natural de una población de la antigua Judea, llamada Arimatea, fue uno de tantos discípulos de Cristo que lo hacía de forma clandestina por miedo a los judíos y sin embargo tuvo la valentía (o la osadía tal y como relata Lucas) de solicitarle a Pilato el cuerpo de Nuestro Señor para darle sepultura.
De él también se ha escrito que era un hombre ilustre, tal vez perteneciente al Sanedrín aunque “no había consentido en el acuerdo ni en los hechos” que condenaron a Jesús. Se cree que sería el propietario del sepulcro nuevo en el que él mismo, junto con Nicodemo, depositó el cuerpo yacente de Cristo.
Podríamos relatar hasta leyendas medievales que le relacionan con el Santo Grial o el Sudario, incluso familiarmente con Jesús, al tratarse al parecer del hermano menor de San Joaquín, padre de María, la madre de Jesús…
Ya sea en los textos evangélicos como en otros de carácter más legendario, lo que es seguro es que José de Arimatea fue una persona muy cercana a Jesús y gracias a él y esa valentía que finalmente mostró, nuestra cofradía del Santo Entierro, como otras hermandades que tengan por objeto alumbrar ese momento de la pasión de Cristo, tiene su razón de ser.
José de Arimatea optó por la clandestinidad y en muchas ocasiones nosotros aludimos a nuestra posición o reputación para dejar de hacer aquello que creemos justo, simplemente por el miedo al qué dirán. Nos convertimos en discípulos clandestinos de Jesús, y necesitamos el apoyo de alguien cercano a nuestros ideales para dar ese paso valiente y osado. Y aquí es donde entramos nosotros como cofrades. Se trata de una forma de ser, de un estilo de vida. “Se os reconocerá por vuestros hechos”, dicen los textos. Esos son los discípulos que siguen a Jesús y ese el cofrade por excelencia.
Hoy es el momento de salir de nuestra clandestinidad de forma valiente, de ir contra corriente si se trata de ir en la dirección de defender lo justo, de dar la cara por aquellos que son perseguidos o de gritar por los que no tienen voz, aunque eso suponga que nos señalen de forma peyorativa, porque esto fue lo que hizo el primer cofrade del Santo Entierro, y gracias a ese primer paso, más de 2000 años después, nosotros seguimos dando pasos cada semana santa, en nuestro peregrinar, junto a Cristo, hasta la victoria de su Resurrección.
Jesús González Expósito, Presidente
Muchos han sido los discípulos de Jesús. Algunos lo eran abiertamente y otros, por el contrario, de forma más discreta. Uno de estos últimos, a pesar de ser seguidor de Cristo en secreto según los escritos, tuvo un papel muy destacado en las horas más oscuras del Maestro, y así queda reflejado por los cuatro evangelistas. Se trata, ni más ni menos, de aquel que siempre consideraremos como el primer cofrade del Santo Entierro.
Este hombre, de nombre José y natural de una población de la antigua Judea, llamada Arimatea, fue uno de tantos discípulos de Cristo que lo hacía de forma clandestina por miedo a los judíos y sin embargo tuvo la valentía (o la osadía tal y como relata Lucas) de solicitarle a Pilato el cuerpo de Nuestro Señor para darle sepultura.
De él también se ha escrito que era un hombre ilustre, tal vez perteneciente al Sanedrín aunque “no había consentido en el acuerdo ni en los hechos” que condenaron a Jesús. Se cree que sería el propietario del sepulcro nuevo en el que él mismo, junto con Nicodemo, depositó el cuerpo yacente de Cristo.
Podríamos relatar hasta leyendas medievales que le relacionan con el Santo Grial o el Sudario, incluso familiarmente con Jesús, al tratarse al parecer del hermano menor de San Joaquín, padre de María, la madre de Jesús…
Ya sea en los textos evangélicos como en otros de carácter más legendario, lo que es seguro es que José de Arimatea fue una persona muy cercana a Jesús y gracias a él y esa valentía que finalmente mostró, nuestra cofradía del Santo Entierro, como otras hermandades que tengan por objeto alumbrar ese momento de la pasión de Cristo, tiene su razón de ser.
José de Arimatea optó por la clandestinidad y en muchas ocasiones nosotros aludimos a nuestra posición o reputación para dejar de hacer aquello que creemos justo, simplemente por el miedo al qué dirán. Nos convertimos en discípulos clandestinos de Jesús, y necesitamos el apoyo de alguien cercano a nuestros ideales para dar ese paso valiente y osado. Y aquí es donde entramos nosotros como cofrades. Se trata de una forma de ser, de un estilo de vida. “Se os reconocerá por vuestros hechos”, dicen los textos. Esos son los discípulos que siguen a Jesús y ese el cofrade por excelencia.
Hoy es el momento de salir de nuestra clandestinidad de forma valiente, de ir contra corriente si se trata de ir en la dirección de defender lo justo, de dar la cara por aquellos que son perseguidos o de gritar por los que no tienen voz, aunque eso suponga que nos señalen de forma peyorativa, porque esto fue lo que hizo el primer cofrade del Santo Entierro, y gracias a ese primer paso, más de 2000 años después, nosotros seguimos dando pasos cada semana santa, en nuestro peregrinar, junto a Cristo, hasta la victoria de su Resurrección.
Jesús González Expósito, Presidente
Cister, Santa Ana: Santo Entierro
Estos últimos años de la segunda década del siglo XXI nos traen la memoria de muchos hechos acontecidos hace 400 años, tendríamos razones para celebrar muchos de ellos. Entre otros, la fundación de Santa Ana en Málaga por la Comunidad de Santa Ana de Valladolid, y con ello recordar la difusión de la espiritualidad de la Recolección Cisterciense emprendida por la Comunidad de Santa Ana, aventura que en breves años hizo crecer lazos de fraternidad manifestados en intercambios artísticos y una destacada promoción de temas comunes, entre ellos el culto a Cristo Yacente como expresión de devoción eucarística. Un buen ejemplo es el lienzo del yacente eucarístico (hoy en el Museo Episcopal de Málaga) casi diríamos, copia del modelo vallisoletano que plasmó Mateo Cerezo y sus derivados en nuestra ciudad.
En el centro de Málaga, a la sombra de la “Manquita” permanece el monasterio cisterciense de Santa Ana, tras unos años de incertidumbre sobre su destino, la Cofradía del Santísimo Sepulcro, que venera al Santo Cristo Yacente, rinde culto a su imagen titular en la Iglesia y Coro en donde durante tantos años elevaron sus plegarias la Comunidad Cisterciense.
Es todo un signo de fraternidad espiritual que nos motiva a valorar la proyección que la Comunidad que nos acoge, ha tenido a lo largo de los siglos.
El yacente de Santa Ana de Málaga, tiene sus concomitancias con nuestro modelo, impronta presente en otros conventos cistercienses de la Recolección de San Joaquín y Santa Ana (Gregorio Fernández talló la imagen para el Convento del Sacramento) y la vinculación a la sensibilidad malagueña, manifestada en un canon algo menor que el natural, una expresión más contenida del dolor y la huella de la muerte, y una disposición del cuerpo menos inerte.
Os relato estos detalles porque me resultó muy grato poder comprobarlos y sentirme acogido por la Cofradía malagueña que manifestaron una gran alegría al conocer esta relación entre Valladolid y Málaga, el Císter y el Yacente. Podréis encontrarles todos los días del año en su sede (frente al teatro romano) y en la iglesia de Santa Ana, a la vuelta de la calle, preguntad por Manuel o José María, y seréis acogidos con afecto. Hay una fraternidad por descubrir entre quienes honramos a una misma imagen titular, y lo hemos sentido en otras partes.
Hasta aquí esta pequeña anécdota. Sirva para valorar lo que tenemos y el epicentro de nuestra espiritualidad como algo grande, tenemos la suerte de rendir culto a una imagen clave en la espiritualidad cisterciense. Si en otras ocasiones os he recordado las raíces bíblicas de nuestra imagen y de su significado en nuestro Credo, en este año, os animo a poner esa dosis de sano orgullo y compromiso que tiene saberse Cofrade del Santo Entierro en Valladolid, lugar de raíces y frutos.
El Santo Padre nos invita a pensar en qué se ha apagado en nosotros el fuego del amor. Si así es nos anima a “emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.”
Y concluye su mensaje: En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
Que así arda nuestra luz en esta próxima Semana Santa.
Guillermo Camino, Consiliario
En el centro de Málaga, a la sombra de la “Manquita” permanece el monasterio cisterciense de Santa Ana, tras unos años de incertidumbre sobre su destino, la Cofradía del Santísimo Sepulcro, que venera al Santo Cristo Yacente, rinde culto a su imagen titular en la Iglesia y Coro en donde durante tantos años elevaron sus plegarias la Comunidad Cisterciense.
Es todo un signo de fraternidad espiritual que nos motiva a valorar la proyección que la Comunidad que nos acoge, ha tenido a lo largo de los siglos.
El yacente de Santa Ana de Málaga, tiene sus concomitancias con nuestro modelo, impronta presente en otros conventos cistercienses de la Recolección de San Joaquín y Santa Ana (Gregorio Fernández talló la imagen para el Convento del Sacramento) y la vinculación a la sensibilidad malagueña, manifestada en un canon algo menor que el natural, una expresión más contenida del dolor y la huella de la muerte, y una disposición del cuerpo menos inerte.
Os relato estos detalles porque me resultó muy grato poder comprobarlos y sentirme acogido por la Cofradía malagueña que manifestaron una gran alegría al conocer esta relación entre Valladolid y Málaga, el Císter y el Yacente. Podréis encontrarles todos los días del año en su sede (frente al teatro romano) y en la iglesia de Santa Ana, a la vuelta de la calle, preguntad por Manuel o José María, y seréis acogidos con afecto. Hay una fraternidad por descubrir entre quienes honramos a una misma imagen titular, y lo hemos sentido en otras partes.
Hasta aquí esta pequeña anécdota. Sirva para valorar lo que tenemos y el epicentro de nuestra espiritualidad como algo grande, tenemos la suerte de rendir culto a una imagen clave en la espiritualidad cisterciense. Si en otras ocasiones os he recordado las raíces bíblicas de nuestra imagen y de su significado en nuestro Credo, en este año, os animo a poner esa dosis de sano orgullo y compromiso que tiene saberse Cofrade del Santo Entierro en Valladolid, lugar de raíces y frutos.
El Santo Padre nos invita a pensar en qué se ha apagado en nosotros el fuego del amor. Si así es nos anima a “emprender con celo el camino de la Cuaresma, sostenidos por la limosna, el ayuno y la oración. Si en muchos corazones a veces da la impresión de que la caridad se ha apagado, en el corazón de Dios no se apaga. Él siempre nos da una nueva oportunidad para que podamos empezar a amar de nuevo.”
Y concluye su mensaje: En la noche de Pascua reviviremos el sugestivo rito de encender el cirio pascual: la luz que proviene del «fuego nuevo» poco a poco disipará la oscuridad e iluminará la asamblea litúrgica. «Que la luz de Cristo, resucitado y glorioso, disipe las tinieblas de nuestro corazón y de nuestro espíritu», para que todos podamos vivir la misma experiencia de los discípulos de Emaús: después de escuchar la Palabra del Señor y de alimentarnos con el Pan eucarístico nuestro corazón volverá a arder de fe, esperanza y caridad.
Que así arda nuestra luz en esta próxima Semana Santa.
Guillermo Camino, Consiliario
viernes, 7 de abril de 2017
Vengo ante ti, Cristo Yacente
Vengo ante ti, Cristo Yacente, Señor
de mis días, mis luchas y mis penas.
Que la Sangre y el Agua de tus venas
laven mi ser por tu ofrenda, tu dolor.
Dame, oh Dios, tu mirada, dame tu amor.
Que tu sacrificio rompa cadenas
de envidia, de odio y de injustas condenas.
En la noche oscura alumbra mi temor.
Guíame en la procesión de la vida.
Que tu luz sea el farol que me despierta,
si tu Alma halla la mía adormecida.
Y que me guarden en la Fe cierta
los que ya ven la Luz amanecida
y un día me trajeron a tu puerta.
AMÉN.
Miguel Ángel González Expósito
de mis días, mis luchas y mis penas.
Que la Sangre y el Agua de tus venas
laven mi ser por tu ofrenda, tu dolor.
Dame, oh Dios, tu mirada, dame tu amor.
Que tu sacrificio rompa cadenas
de envidia, de odio y de injustas condenas.
En la noche oscura alumbra mi temor.
Guíame en la procesión de la vida.
Que tu luz sea el farol que me despierta,
si tu Alma halla la mía adormecida.
Y que me guarden en la Fe cierta
los que ya ven la Luz amanecida
y un día me trajeron a tu puerta.
AMÉN.
Miguel Ángel González Expósito
viernes, 31 de marzo de 2017
Acompaña a tu Dios alma mía
La piedad popular nos ha regalado el ejercicio del Vía Crucis, una forma de orar basada en la contemplación de catorce estaciones que nos ayudan a descubrir los misterios de la Pasión y Muerte de Jesús.
“Acompaña a tu Dios alma mía” es la primera frase de la estrofa de la primera estación del Vía Crucis. Si profundizamos en estas palabras descubrimos en ellas una invitación a que nuestra alma, y con ella todo nuestro ser, medite sobre las escenas que se nos muestran en este ejercicio piadoso, muchas de las cuales se siguen haciendo presentes en la actualidad en acontecimientos que suceden a los hombres y mujeres de hoy.
El Vía Crucis, el camino de la cruz, puede ser una buena ayuda para que vivamos la Cuaresma con verdadero sentido de conversión. Podemos fijarnos en la humildad de Jesús, que acepta la condena a muerte y carga con la cruz, es despojado de sus vestiduras y muere como un malhechor. También podemos fijarnos en tres personajes que podríamos haber sido cualquiera de nosotros: Las mujeres de Jerusalén, el Cirineo y la Verónica.
Las mujeres de Jerusalén sienten lástima de aquel hombre justo, que dentro de su sufrimiento les ofrece el consuelo que sólo puede dar aquel que piensa más en los demás que en sí mismo “No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos”
El Cirineo, Simón de Cirene, era un labrador al que alquilaron u obligaron a ayudar a Jesús a llevar la cruz. Sin duda es la imagen de aquellos que se encuentran situaciones en la vida en las que hay que arrimar el hombro, y lo que comienza como una obligación puede convertirse en un regalo. Seguro que el Cirineo encontró en Jesús una mirada limpia llena de agradecimiento.
La Verónica es el reflejo de aquellas mujeres que siempre se han mostrado dispuestas a mancharse por intentar aliviar el dolor de los demás. Según cuenta la tradición la imagen del rostro de Cristo quedó grabada en un pañuelo de la Verónica, seguro que esa imagen también quedó grabada para siempre en su mente y en su corazón.
Que esta Cuaresma sea el momento para que nuestra alma acompañe a su Dios que sigue sufriendo en cada ser humano condenado sin razón. Que aprendamos a llorar con los que lloran, a ayudar a los que lo necesitan y a estar siempre dispuestos a limpiar el rostro de cualquier ser humano, donde también se descubre el Rostro de Dios.
Israel Muñoz
“Acompaña a tu Dios alma mía” es la primera frase de la estrofa de la primera estación del Vía Crucis. Si profundizamos en estas palabras descubrimos en ellas una invitación a que nuestra alma, y con ella todo nuestro ser, medite sobre las escenas que se nos muestran en este ejercicio piadoso, muchas de las cuales se siguen haciendo presentes en la actualidad en acontecimientos que suceden a los hombres y mujeres de hoy.
El Vía Crucis, el camino de la cruz, puede ser una buena ayuda para que vivamos la Cuaresma con verdadero sentido de conversión. Podemos fijarnos en la humildad de Jesús, que acepta la condena a muerte y carga con la cruz, es despojado de sus vestiduras y muere como un malhechor. También podemos fijarnos en tres personajes que podríamos haber sido cualquiera de nosotros: Las mujeres de Jerusalén, el Cirineo y la Verónica.
Las mujeres de Jerusalén sienten lástima de aquel hombre justo, que dentro de su sufrimiento les ofrece el consuelo que sólo puede dar aquel que piensa más en los demás que en sí mismo “No lloréis por mí, llorad por vosotras y por vuestros hijos”
El Cirineo, Simón de Cirene, era un labrador al que alquilaron u obligaron a ayudar a Jesús a llevar la cruz. Sin duda es la imagen de aquellos que se encuentran situaciones en la vida en las que hay que arrimar el hombro, y lo que comienza como una obligación puede convertirse en un regalo. Seguro que el Cirineo encontró en Jesús una mirada limpia llena de agradecimiento.
La Verónica es el reflejo de aquellas mujeres que siempre se han mostrado dispuestas a mancharse por intentar aliviar el dolor de los demás. Según cuenta la tradición la imagen del rostro de Cristo quedó grabada en un pañuelo de la Verónica, seguro que esa imagen también quedó grabada para siempre en su mente y en su corazón.
Que esta Cuaresma sea el momento para que nuestra alma acompañe a su Dios que sigue sufriendo en cada ser humano condenado sin razón. Que aprendamos a llorar con los que lloran, a ayudar a los que lo necesitan y a estar siempre dispuestos a limpiar el rostro de cualquier ser humano, donde también se descubre el Rostro de Dios.
Israel Muñoz
viernes, 24 de marzo de 2017
Cuaresma. Carta pastoral del Cardenal-Arzobispo
Hay realidades cristianas que debemos descubrir de nuevo para comprender su originalidad, su sentido y su alcance para la vida de los cristianos. Probablemente una de ellas es la Cuaresma, ya que ha perdido presencia en la sociedad y siempre halla en nosotros resistencia interior lo que implica penitencia. Cuando pierde relieve, en lugar de ceder a la corriente debemos hacer un esfuerzo para preguntarnos, ¿qué es realmente la Cuaresma). ¿Por qué en el Año Litúrgico ocupa varias semanas? ¿En qué consiste propiamente este tiempo que tiene un origen en los primeros siglos y que la Iglesia pondera tanto?
“Cuaresma” etimológicamente es la abreviación de “diesquadragesima”, es decir, es un tiempo que dura cuarenta días; comienza el Miércoles de Ceniza y termina el Jueves Santo por la mañana; la imposición de la ceniza es como un aldabonazo para despertarnos de la indolencia y ponernos en camino de conversión; y la reconciliación de los pecadores con la Iglesia es culminación del proceso cuaresmal de penitencia.
La Cuaresma, los cuarenta días de purificación y renovación para celebrar la Pascua del Señor, los misterios se su pasión, muerte y resurrección, recuerda el rico simbolismo de los cuarenta días frecuente en la Sagrada Escritura. Cuarenta es el número de plenitud, de concentración de una oportunidad salvífica, de “sacramento” como ha recuperado la nueva traducción del misal romano, que comienza a ser utilizado el domingo primero de Cuaresma.
Cuarenta días y cuarenta noches (cf. Gen. 7,4) duró el Diluvio, que anegó el mal y abrió un nuevo comienzo de la humanidad custodiada por la alianza de Dios (cf. Gén. 9, Iss). Moisés permaneció en el monte Sinaí cuarenta días y cuarenta noches en la presencia de Dios (cf. Ex. 24, 18). Durante cuarenta años peregrino el pueblo de Israel desde Egipto, la casa de la esclavitud, hasta la Tierra de la promesa, guiado por la nube protectora de Dios (cf. Deut. 8,2. 4. Núm. 14, 34). Elías caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios Horeb (cf. 1 Re. 19,8). Jonás de proclamó en Nínive durante cuarenta días la oferta del perdón de Dios (cf. Jn. 3,4); la conversión salvó a los ninivitas. Jesús permaneció en el desierto durante cuarenta días y cuarenta noches (cf. Mt. 4, 2). Cuaresma es tiempo de camino hacia la pascua, de búsqueda de la fidelidad primera, de purificación y renovación, de conversión y gozo (cf. Salmo 50). El “miserere”, así llamado a veces, es un salmo eminentemente cuaresmal, con el reconocimiento humilde de los pecados con el perdón de Dios que crea un corazón nuevo, con la alegría de la salvación y con el don de un corazón humilde.
En el tiempo de Cuaresma, durante cuarenta días que Dios nos otorga como tiempo de gracia, enlazamos con el hondo sentido de esos acontecimientos de la historia de la salvación. Con Jesucristo entramos en el desierto de la oración y del ayuno para escuchar la Palabra de Dios, superar las pruebas y tentaciones, para ponernos en el camino de una vida nueva y de fidelidad a la misión que el Señor nos confía. “Por las prácticas del sacramento cuaresmal Dios nos concede conocer el misterio de Cristo” (Oración Colecta del Domingo I de Cuaresma).
La Cuaresma tiene una meta, a saber, la celebración de la Pascua. De Esta meta recibe sentido el itinerario cuaresmal; caminamos al encuentro con Jesucristo salvador y liberador. La mortificación no es expresión de una persona rara que goza sufriendo, sino signo de participación en el ministerio pascual “padecemos juntamente con Cristo, para ser también con Él glorificados” (Rom. 8, 17). A través de la Cuaresma entramos en el desierto con Jesús y como discípulos subimos a Jerusalén para compartir su muerte, resurrección y ascensión al cielo (cf. Lc. 9, 51 ss. Act. 1, 3).
El desarrollo de la Cuaresma se ha caracterizado por dos líneas de fondo; en primer lugar por la penitencia para la reconciliación de los pecadores, y en segundo lugar por la preparación de los catecúmenos para recibir el bautismo en la noche de Pascua. Tanto las lecturas de Cuaresma como las oraciones de la Misa manifiestan constantemente la doble preparación, al sacramento de la reconciliación y el bautismo.
El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la liturgia ha subrayado estas dos dimensiones de la Cuaresma, con la actuación para el cristiano y cada comunidad, en la interioridad espiritual y en la manifestación exterior. La Cuaresma es al mismo tiempo personal y eclesial, va la conversión por dentro y debe tener su expresión social en el amor y en las obras de misericordia. “Puesto que el tiempo cuaresmal prepara a los fieles, entregados más intensamente a oír la Palabra de Dios y a la oración, para que celebren el ministerio pascual, sobre todo mediante el recuerdo o la preparación al bautismo y mediante la penitencia, se dé particular relieve a la liturgia y en la catequesis litúrgica al doble carácter de dicho tiempo (cf. Sacrosanctum 109).
Permitidme que recuerde algunas actividades que son particularmente adecuadas para la celebración del tiempo litúrgico de Cuaresma. Intensifiquemos la lectura de la Palabra de Dios y la oración. Organicemos charlas de formación para las comunidades cristianas. Es tradicional el ejercicio del “Via-crucis” y provechosa la lectura reposada de la Pasión del Señor (Sto. Tomás de Aquino). Recomendamos alguna iniciativa de privación voluntaria, uniéndonos al Señor sufriente, que despertará nuestro espíritu y lo mantendrá alerta; no solo por salud e higiene vamos a mortificarnos. Nos acerquemos todos al sacramento del perdón y de la reconciliación; y los sacerdotes facilitemos a los demás la entrada en la fiesta del perdón.
Cuaresma es un tiempo propicio para abrir la puerta a cualquier necesitado y reconocer en él el rostro de Cristo. Cada vida que encontramos es un don y merece acogida, respeto y amor. La Palabra de Dios nos ayuda a abrir los ojos para acoger la vida y amarla, sobre todo cuando es débil”.
Deseo a todos un tiempo de Cuaresma intenso y fecundo. Celebraremos la Pascua, que es meta de la Cuaresma, con la alegría que es también culminación de este tiempo de gracia y salvación.ahora.
jueves, 23 de marzo de 2017
Todo lo que trasciende
Cuando traspasé la puerta, la iglesia me pareció un sudario. Y un sudario era el que caía, descuidadamente, sobre el cuerpo de Jesús… Que estaba allí, ante mis ojos, muerto en cuerpo y vivo en espíritu. Un temblor recorrió mi frente y se negó a cegar mis ojos. Era la imagen de quien, pudiéndolo todo, aceptó quedarse desnudo, sin nada, para mostrar un camino que muy pocos, o ninguno, seguimos. Y me vinieron a la memoria aquellos versos que escribí sobre su entierro:
… Pasan túnicas de luto
bajo los murmullos,
sobre los arrullos
de sus colas negras y largas, fruto
del suave roce que va desgranando
las jaculatorias,
cascadas y norias
de la procesión. Pasan redoblando
los fúnebres silencios del tambor:
Santa Ana, Poniente,
Girón el doliente, caminos
lacerados de dolor…
Pero frente al altar no hay redobles fúnebres. Solo una pena que se siente dentro, muy dentro del alma y que es capaz de hablar sin palabras y de sujetar, desde el silencio, la misma emoción del Cristo en la cruz, del Jesús con la cruz a cuestas, del Dios que pide al padre en el huerto haga pasar tanta agonía… Y lo hace sabiendo que ya es tarde, que nada puede evitarse, que deberá beber el cáliz de su pasión hasta la última gota. Hasta esa gota final que se adivina entre sus labios cuando, delante de todos nosotros, yace desamparado camino de su última morada. Avisa una carraca que suena a suspiro. Los cofrades se ordenan para acompañar y son cuatro de ellos quienes cargan sobre sus hombros el peso de un Dios hecho hombre y, como hombre, muerto por los hombres… En el camino del museo que le acogerá, oraciones cadenciosas nos van abriendo camino. Es una procesión escondida para evitar la lluvia, pero no evita que dentro de cada corazón caiga un diluvio de emociones que pasan, casi de puntillas, por entre las filas de quienes acompañamos la imagen. ¿Qué pasan?...
Me pasa la pena, el remordimiento
de haberte matado,
pecado a pecado…
Me pasa el dolor de verte sediento
de nuevas muertes y, en ellas, vivir
pues, de morir tanto,
vives en el canto
de cada criatura que sabe morir.
Las puertas del convento se abren ante el clamor de quienes lloramos. Y allí aparecen las mujeres que le cuidarán durante un año más. Sus lágrimas son el mejor ungüento para perfumar el cadáver… Y lo perfuman no solo con su llanto, también con su amor.
Que se convierte en cuidado un día si y otro también… Vuelven las plegarias a deslizarse entre nosotros y, en el salón convertido en panteón, todos rezamos, todos nos inclinamos ante ese Dios que quiso hacerse humano hasta en su final. Ese final en el que, mirándole tan solo, sentimos cómo se nos escapa el orgullo, la arrogancia para que sea la verdad quien nos haga humillar ante aquella imagen inigualable.
Yo también, Cristo Yacente,
con la pena atravesada
y el corazón encogido,
todo mi cuerpo una llaga,
inclino mi falso orgullo
y someto mi arrogancia,
me postro ante tu presencia
mientras de mis labios salta,
como un dardo, una oración
que sobrevuela y se clava
en el humo de los cirios
y el dintel de las ventanas…
Si es Dios mismo quien se humilla,
cómo yo no me humillara…
Depositado en el panteón que lo acogerá durante doce meses más, me recorre un temblor que disimulo uniéndome al salmo que se entona desde la fe. Y desde la fe, entiendo que no hay acto más intenso, ni más real, ni más sincero que ese acompañamiento, lejos del rumor de la calle, escapando de la lluvia, pero acogiéndonos al paraguas de su bondad infinita. Y es en ese momento, cuando la luz vuelve a hacerse, cuando desaparece la magia del amor por el amor, es el instante en el que comprendo todo lo que pasa, todo lo que me envuelve, porque todo lo que soy capaz de sentir pasa también por delante de mi como un fanal de luz infinito.
Me pasas tu, Señor, y la simiente
de ese fértil grano
que cae de tu mano
abierta al perdón, Cristo Yacente.
Me pasa el cilicio de tu muerte,
pasa tu pasión
hecha oración
en la esperanza de volver a verte…
Ángel M. de Pablos
… Pasan túnicas de luto
bajo los murmullos,
sobre los arrullos
de sus colas negras y largas, fruto
del suave roce que va desgranando
las jaculatorias,
cascadas y norias
de la procesión. Pasan redoblando
los fúnebres silencios del tambor:
Santa Ana, Poniente,
Girón el doliente, caminos
lacerados de dolor…
Pero frente al altar no hay redobles fúnebres. Solo una pena que se siente dentro, muy dentro del alma y que es capaz de hablar sin palabras y de sujetar, desde el silencio, la misma emoción del Cristo en la cruz, del Jesús con la cruz a cuestas, del Dios que pide al padre en el huerto haga pasar tanta agonía… Y lo hace sabiendo que ya es tarde, que nada puede evitarse, que deberá beber el cáliz de su pasión hasta la última gota. Hasta esa gota final que se adivina entre sus labios cuando, delante de todos nosotros, yace desamparado camino de su última morada. Avisa una carraca que suena a suspiro. Los cofrades se ordenan para acompañar y son cuatro de ellos quienes cargan sobre sus hombros el peso de un Dios hecho hombre y, como hombre, muerto por los hombres… En el camino del museo que le acogerá, oraciones cadenciosas nos van abriendo camino. Es una procesión escondida para evitar la lluvia, pero no evita que dentro de cada corazón caiga un diluvio de emociones que pasan, casi de puntillas, por entre las filas de quienes acompañamos la imagen. ¿Qué pasan?...
Me pasa la pena, el remordimiento
de haberte matado,
pecado a pecado…
Me pasa el dolor de verte sediento
de nuevas muertes y, en ellas, vivir
pues, de morir tanto,
vives en el canto
de cada criatura que sabe morir.
Las puertas del convento se abren ante el clamor de quienes lloramos. Y allí aparecen las mujeres que le cuidarán durante un año más. Sus lágrimas son el mejor ungüento para perfumar el cadáver… Y lo perfuman no solo con su llanto, también con su amor.
Que se convierte en cuidado un día si y otro también… Vuelven las plegarias a deslizarse entre nosotros y, en el salón convertido en panteón, todos rezamos, todos nos inclinamos ante ese Dios que quiso hacerse humano hasta en su final. Ese final en el que, mirándole tan solo, sentimos cómo se nos escapa el orgullo, la arrogancia para que sea la verdad quien nos haga humillar ante aquella imagen inigualable.
Yo también, Cristo Yacente,
con la pena atravesada
y el corazón encogido,
todo mi cuerpo una llaga,
inclino mi falso orgullo
y someto mi arrogancia,
me postro ante tu presencia
mientras de mis labios salta,
como un dardo, una oración
que sobrevuela y se clava
en el humo de los cirios
y el dintel de las ventanas…
Si es Dios mismo quien se humilla,
cómo yo no me humillara…
Depositado en el panteón que lo acogerá durante doce meses más, me recorre un temblor que disimulo uniéndome al salmo que se entona desde la fe. Y desde la fe, entiendo que no hay acto más intenso, ni más real, ni más sincero que ese acompañamiento, lejos del rumor de la calle, escapando de la lluvia, pero acogiéndonos al paraguas de su bondad infinita. Y es en ese momento, cuando la luz vuelve a hacerse, cuando desaparece la magia del amor por el amor, es el instante en el que comprendo todo lo que pasa, todo lo que me envuelve, porque todo lo que soy capaz de sentir pasa también por delante de mi como un fanal de luz infinito.
Me pasas tu, Señor, y la simiente
de ese fértil grano
que cae de tu mano
abierta al perdón, Cristo Yacente.
Me pasa el cilicio de tu muerte,
pasa tu pasión
hecha oración
en la esperanza de volver a verte…
Ángel M. de Pablos
viernes, 17 de marzo de 2017
Oración a Cristo Yacente
Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro has hecho tuya la muerte del
grano de trigo, te has hecho el grano de trigo que muere y produce fruto con el
paso del tiempo hasta la eternidad.
Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto.
Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo.
Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» Tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.
(San Juan Pablo II)
Desde el sepulcro iluminas para siempre la promesa del grano de trigo del que procede el verdadero maná, el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo. La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte, se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos y entras en nuestros corazones para que tu Palabra crezca en nosotros y produzca fruto.
Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo, para que también nosotros tengamos el valor de perder nuestra vida para encontrarla; a fin de que también nosotros confiemos en la promesa del grano de trigo. Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo.
Auxílianos para que seamos tu perfume y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo. Como el grano de trigo crece de la tierra como retoño y espiga, tampoco tú podías permanecer en el sepulcro: el sepulcro está vacío porque él –el Padre– no te «entregó a la muerte, ni tu carne conoció la corrupción» Tú no has conocido la corrupción. Has resucitado y has abierto el corazón de Dios a la carne transformada. Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza y llevarla gozosamente al mundo, para ser de este modo testigos de tu resurrección.
(San Juan Pablo II)
miércoles, 15 de marzo de 2017
Delante de tu imagen yacente
Delante de tu imagen yacente,
confieso, Señor,
que vives para siempre
y eres nuestro Redentor.
Reconozco también,
que tus sendas son duras
y que es grande mi debilidad.
Por eso,
para que no decaiga mi fe,
quiero pedirte
la fuerza de tu Santo Espíritu.
Ayúdame a quitar
la dureza de mi corazón,
para que sea capaz
de corresponder a tu amor.
Robustece mi esperanza
y hazme descubrir
que siempre caminas a mi lado.
Dame tu vida,
esa misma que te libró del Sepulcro
y que está en la Eucaristía.
Y no permitas, Señor,
que nunca me aleje de ti.
confieso, Señor,
que vives para siempre
y eres nuestro Redentor.
Reconozco también,
que tus sendas son duras
y que es grande mi debilidad.
Por eso,
para que no decaiga mi fe,
quiero pedirte
la fuerza de tu Santo Espíritu.
Ayúdame a quitar
la dureza de mi corazón,
para que sea capaz
de corresponder a tu amor.
Robustece mi esperanza
y hazme descubrir
que siempre caminas a mi lado.
Dame tu vida,
esa misma que te libró del Sepulcro
y que está en la Eucaristía.
Y no permitas, Señor,
que nunca me aleje de ti.
lunes, 13 de marzo de 2017
Venimos a adorarlo
Así expresaron los Magos de Oriente, el sentido de su búsqueda y camino a Herodes. Peregrino en Colonia, junto a la tumba de los Santos Reyes Magos, recorría las naves de la catedral interpretando los mensajes de las Capillas laterales que guían, para poder decir como los Magos: Venimos a adorarlo. De la cuna, la casa de Belén o portal, pasando por la casa de Betania, el Cenáculo, la peregrinación culmina con un grupo del Santo Entierro, bellísimo, de composición y factura semejante al grupo de Juan de Juni, hoy en el Museo de San Gregorio.
Existe un precioso paralelismo entre los Magos y los compañeros fieles de Jesús. Nicodemo llevó una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume, todo un tesoro. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios.
Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En este momento en que algunos hablan de la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía. Así lo proclamamos gozosos en la adoración peregrina del Jueves Santo. Renovemos nuestro gesto de adoración.
En el camino de esta Cuaresma podemos compartir esta plegaria. Feliz Pascua 2017
ORACIÓN
Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro
has hecho tuya la muerte del grano de trigo,
te has hecho el grano de trigo que muere
y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad.
Desde el sepulcro iluminas para siempre
la promesa del grano de trigo
del que procede el verdadero maná,
el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo.
La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte,
se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos
y entras en nuestros corazones para que tu Palabra
crezca en nosotros y produzca fruto.
Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo,
para que también nosotros tengamos el valor
de perder nuestra vida para encontrarla;
a fin de que también nosotros confiemos
en la promesa del grano de trigo.
Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico
y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo.
Auxílianos para que seamos tu perfume
y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo.
Como el grano de trigo crece de la tierra en espiga,
tampoco ,tú podías permanecer en el sepulcro:
el sepulcro está vacío porque el Padre
no te «entregó a la muerte,
ni tu carne conoció la corrupción»
No, tú no has conocido la corrupción.
Has resucitado y has abierto el corazón de Dios
a la carne transformada.
Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza
y llevarla gozosamente al mundo,
para ser de este modo testigos de tu resurrección.
Guillermo Camino Beazcua, Consiliario
Existe un precioso paralelismo entre los Magos y los compañeros fieles de Jesús. Nicodemo llevó una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume, todo un tesoro. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios.
Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En este momento en que algunos hablan de la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía. Así lo proclamamos gozosos en la adoración peregrina del Jueves Santo. Renovemos nuestro gesto de adoración.
En el camino de esta Cuaresma podemos compartir esta plegaria. Feliz Pascua 2017
ORACIÓN
Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro
has hecho tuya la muerte del grano de trigo,
te has hecho el grano de trigo que muere
y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad.
Desde el sepulcro iluminas para siempre
la promesa del grano de trigo
del que procede el verdadero maná,
el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo.
La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte,
se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos
y entras en nuestros corazones para que tu Palabra
crezca en nosotros y produzca fruto.
Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo,
para que también nosotros tengamos el valor
de perder nuestra vida para encontrarla;
a fin de que también nosotros confiemos
en la promesa del grano de trigo.
Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico
y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo.
Auxílianos para que seamos tu perfume
y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo.
Como el grano de trigo crece de la tierra en espiga,
tampoco ,tú podías permanecer en el sepulcro:
el sepulcro está vacío porque el Padre
no te «entregó a la muerte,
ni tu carne conoció la corrupción»
No, tú no has conocido la corrupción.
Has resucitado y has abierto el corazón de Dios
a la carne transformada.
Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza
y llevarla gozosamente al mundo,
para ser de este modo testigos de tu resurrección.
Guillermo Camino Beazcua, Consiliario
miércoles, 23 de marzo de 2016
El Yacente más genial de Gregorio Fernández
Cristo yaciendo después de su Pasión. Es un tema muy tratado en nuestro país desde los años más estudiados de la cultura medieval. Pero, sin duda, si hay un escultor que profundizó en la imagen de un Salvador desamparado y muerto ese fue, sin duda, Gregorio Fernández que, no solo mejoró la obra de Gaspar Becerra, sino que firmó un importante número de Yacentes, a cual mejor… y extendió entre sus alumnos el amor y el cariño por ese Jesús en brazos de la muerte que, en tal trance, nos confirma que su obra redentora se cumplió plenamente.
¿Dónde se comprueba la más alta inspiración del artista?... Es difícil señalarlo. Gregorio Fernández esculpió el Yacente que el Duque de Lerma le encargó para la iglesia de San Pablo. Una figura de grandes proporciones esbelta y noble según las críticas de arte. Pero también dio vida, en la muerte, al Yacente que se conserva en el Museo Nacional de Escultura y que le pidió la Casa Profesa de la Compañía de Jesús. Una talla admirable. El que se puede admirar en la iglesia de San Miguel y San Julián que añade la curiosidad de poder contemplar el velo del paladar a través de la boca entreabierta.
Valladolid además cuenta con otros tres Yacentes considerados como autoría de Fernández: el del convento de Santa Catalina que es poco conocido; el del convento de Santa Isabel de Hungría, tampoco demasiado visitado y otro, de tamaño algo inferior al natural, fechado hacia 1627 y que fue encargado para el altar de una de las capillas laterales de la iglesia de San Pablo.
Yacentes que salieron de los talleres del Gregorio Fernández pero que se deben a sus alumnos y ayudantes son el de la Catedral de Segovia, el que se guarda en el convento de Santa Clara en Lerma, el de Medina de Pomar en la provincia de Burgos, el que se encuentra en el convento de los Capuchinos de El Pardo, el de las franciscanas descalzas en Monforte de Lemos (Lugo) o el de la Catedral de Astorga, en León.
El Cristo Yacente, al que rinde culto nuestra cofradía del Santo Entierro, obedece a un encargo del rey Felipe IV para, a su vez, regalárselo a las monjas del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, de Valladolid, en cuyo Museo se encuentra todavía expuesto a la vista de quienes se sienten atraídos por una imagen tan perfecta. Es, en mi personal gusto, el mejor de todos los que, de una manera o de otra, se le atribuyen al genial escultor. Y como mi conocimiento de la escultura no va más allá de las emociones que su contemplación me producen, prefiero en este caso dar la palabra a quienes lo han estudiado a fondo. Dicen de él que “la figura de Cristo es sobria y desprende un hondo patetismo” y yo puedo añadir que es la talla de un Dios que no deja de serlo ni en la muerte.
La talla que sale del Monasterio para cruzar las calles de la ciudad durante la Semana de Pasión, regresa a su lugar en el Museo movido por una procesión que cubre la petición de la Iglesia de permanecer en tal fecha junto al Sepulcro. El pasado año, Jorge Mongil os escribió que “sois depositarios de la tradición que movieron aquellos primeros cristianos” refiriéndose a quienes, con José de Arimatea a la cabeza, desclavaron a Jesús de la Cruz y le enterraron posteriormente. Pues bien, vuestro acto-procesión es sin duda la mejor forma de permanecer, en el sepulcro, junto a un Cristo nunca tan grande como lo fue una vez muerto.
Impresionado por ese acto procesional de vuestra cofradía, para el libro “Eli, Eli… Guía Lírica de la Semana Santa de Valladolid”, redacté este poema que me atrevo a repetiros para honra del Cristo que regresa a su casa de todo el año y para vosotros que, como nuevos “arimateas”, le trasladáis procesionalmente hasta ese Museo-Sepulcro-Santuario que cuidan y vigilan las monjas del Real Monasterio. Dice así el poema:
Ángel M. de Pablos
¿Dónde se comprueba la más alta inspiración del artista?... Es difícil señalarlo. Gregorio Fernández esculpió el Yacente que el Duque de Lerma le encargó para la iglesia de San Pablo. Una figura de grandes proporciones esbelta y noble según las críticas de arte. Pero también dio vida, en la muerte, al Yacente que se conserva en el Museo Nacional de Escultura y que le pidió la Casa Profesa de la Compañía de Jesús. Una talla admirable. El que se puede admirar en la iglesia de San Miguel y San Julián que añade la curiosidad de poder contemplar el velo del paladar a través de la boca entreabierta.
Valladolid además cuenta con otros tres Yacentes considerados como autoría de Fernández: el del convento de Santa Catalina que es poco conocido; el del convento de Santa Isabel de Hungría, tampoco demasiado visitado y otro, de tamaño algo inferior al natural, fechado hacia 1627 y que fue encargado para el altar de una de las capillas laterales de la iglesia de San Pablo.
Yacentes que salieron de los talleres del Gregorio Fernández pero que se deben a sus alumnos y ayudantes son el de la Catedral de Segovia, el que se guarda en el convento de Santa Clara en Lerma, el de Medina de Pomar en la provincia de Burgos, el que se encuentra en el convento de los Capuchinos de El Pardo, el de las franciscanas descalzas en Monforte de Lemos (Lugo) o el de la Catedral de Astorga, en León.
El Cristo Yacente, al que rinde culto nuestra cofradía del Santo Entierro, obedece a un encargo del rey Felipe IV para, a su vez, regalárselo a las monjas del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana, de Valladolid, en cuyo Museo se encuentra todavía expuesto a la vista de quienes se sienten atraídos por una imagen tan perfecta. Es, en mi personal gusto, el mejor de todos los que, de una manera o de otra, se le atribuyen al genial escultor. Y como mi conocimiento de la escultura no va más allá de las emociones que su contemplación me producen, prefiero en este caso dar la palabra a quienes lo han estudiado a fondo. Dicen de él que “la figura de Cristo es sobria y desprende un hondo patetismo” y yo puedo añadir que es la talla de un Dios que no deja de serlo ni en la muerte.
La talla que sale del Monasterio para cruzar las calles de la ciudad durante la Semana de Pasión, regresa a su lugar en el Museo movido por una procesión que cubre la petición de la Iglesia de permanecer en tal fecha junto al Sepulcro. El pasado año, Jorge Mongil os escribió que “sois depositarios de la tradición que movieron aquellos primeros cristianos” refiriéndose a quienes, con José de Arimatea a la cabeza, desclavaron a Jesús de la Cruz y le enterraron posteriormente. Pues bien, vuestro acto-procesión es sin duda la mejor forma de permanecer, en el sepulcro, junto a un Cristo nunca tan grande como lo fue una vez muerto.
Impresionado por ese acto procesional de vuestra cofradía, para el libro “Eli, Eli… Guía Lírica de la Semana Santa de Valladolid”, redacté este poema que me atrevo a repetiros para honra del Cristo que regresa a su casa de todo el año y para vosotros que, como nuevos “arimateas”, le trasladáis procesionalmente hasta ese Museo-Sepulcro-Santuario que cuidan y vigilan las monjas del Real Monasterio. Dice así el poema:
El cuerpo está aún caliente,
los labios a medio abrir,
a medio cerrar los ojos,
todo el pecho de marfil
y en la llaga del costado
un manantial carmesí…
Como recién descendido
o acabado de esculpir;
como un árbol cincelado
con aromas de jazmín,
el Santo Cristo Yacente
acostado de perfil
va de Santa Ana al Museo,
blanco sueño de alhelí,
a hombros de sus cofrades,
bajo la luz de un candil…
Al frente vuela un querube,
le acompaña un serafín
y sólo suena el redoble
desigual del tamboril…
Jesús marcha a su sepulcro
en andas de un palanquín
y le lloran los luceros
y le llora el añafil,
le llora toda la plaza,
le llora Valladolid
y, en el alar de un tejado,
también llora un colibrí…
Jesús marcha a su sepulcro,
se queda en su camarín
y allí estará doce meses
hasta que vuelva a morir…
Se han apagado los cirios,
la noche se ha vuelto gris,
las azucenas se han muerto,
se ha secado la raíz
del espino que dio espinas
al azotar su cerviz
y en la huerta del convento
floreció el toronjil…
lunes, 21 de marzo de 2016
Compendio de la Misericordia
Nuestra Cofradía acoge con la Iglesia el Año Jubilar de la Misericordia. El mensaje y la palabra, los gestos y signos manifestados por el Santo Padre Francisco, nos sirven de acicate para recordar cómo la tradición cofrade ha sabido aunar la compasión con los sentimientos de Cristo en su Pasión, Muerte y Resurrección, con la compasión hacia quienes hoy viven, sufren y padecen el dolor, la exclusión o cualquier forma de injusticia y agresión a su dignidad y derechos. Es conocido por todos cómo cada una de las antiguas Cofradías de nuestra ciudad asumía el ejercicio de una obra de misericordia: atención y educación de huérfanos, hospedaje para transeúntes, hospital, asilo… era la extensión caritativa de cada una de las Cofradías.
Con frecuencia este compromiso es reclamado por algunas voces para que en el siglo XXI las Cofradías cumplan una función no sólo cultual. Siempre hay espacio para el compromiso personal y de modo particular podemos preguntarnos qué y cómo, podemos hacer para manifestar un actuar misericordioso.
Cuando de pequeños aprendíamos el elenco de las obras de misericordia corporales y espirituales, aprendíamos a enunciarlas de carrerilla y quizá de modo individualizado. Es bueno recordar que las obras de misericordia siempre tienden un puente entre ellas y aunque visibilizan una sensibilidad o carisma especial hacia una forma de dolor o exclusión, lo importante es el talante de quien es misericordioso, luego vendrá el modo de manifestarlo. En dicho elenco de obras de misericordia corporales, todos sabemos que culmina con el dar eterno descanso. Es por suerte para nuestra particular advocación, lo que manifestaron los amigos y seguidores de Jesús: dar a Cristo sepultura. El tema tiene su profundidad… Quizá algunos conozcáis el Hospital de la Caridad en Sevilla. En su templo aparecen representadas alegorías de las siete obras de misericordia, con motivos extraídos de la Escritura. El retablo principal presenta la última de las Obras bajo la forma del Santo Entierro, que tan bellamente esculpió Pedro Roldán. Es un ejemplo que nos expresa la ligazón entre las obras de misericordia y cómo éstas culminan en el Misterio que expresa el Santo Entierro del Cristo Yacente. ¿Qué podemos aprender de su contemplación?
En primer lugar, dar cristiana sepultura es una confesión de esperanza. No es guardar un cuerpo para el recuerdo como hacía la cultura romana, sino sembrarlo para la inmortalidad, creyendo conforme a nuestra fe, que lo mismo que el Cuerpo de Cristo fue sepultado, también nuestro ser resucitará con Él glorioso en cuerpo y alma. En el Entierro de Cristo se cumplieron otras obras de Misericordia: Nicodemo y las mujeres velaron su cuerpo desnudo arrancado de la cruz y vestido con un epitaphion de misericordia. María, también con lágrimas, entregó el agua que limpió y sació las heridas de quien poco antes exclamó: Tengo Sed; José de Arimatea acogió en una morada nueva de su pertenencia (sin saber que por tres días) al peregrino de Vida Nueva; las mujeres visitaron en la mañana de Resurrección a quien parecía que la cárcel de muerte tenía apresado. Y por ejercer la misericordia ¿qué ocurrió?: que ni sepultura, ni la cárcel, ni la desnudez, ni la herida, ni el tránsito, ni el hambre ni la sed vencieron a quien resucitaba para ser Alimento y Bebida de vida nueva, vestido glorioso, morada eterna, puerto seguro y fuente de salud y salvación para quien en Él pone la esperanza.
Tendremos tiempo en esta Semana Santa de poder reflexionarlo y compartirlo. Feliz Cuaresma, Pasión y Pascua en la Misericordia del Señor Jesús.
Guillermo Camino Beazcua, Consiliario
Con frecuencia este compromiso es reclamado por algunas voces para que en el siglo XXI las Cofradías cumplan una función no sólo cultual. Siempre hay espacio para el compromiso personal y de modo particular podemos preguntarnos qué y cómo, podemos hacer para manifestar un actuar misericordioso.
Cuando de pequeños aprendíamos el elenco de las obras de misericordia corporales y espirituales, aprendíamos a enunciarlas de carrerilla y quizá de modo individualizado. Es bueno recordar que las obras de misericordia siempre tienden un puente entre ellas y aunque visibilizan una sensibilidad o carisma especial hacia una forma de dolor o exclusión, lo importante es el talante de quien es misericordioso, luego vendrá el modo de manifestarlo. En dicho elenco de obras de misericordia corporales, todos sabemos que culmina con el dar eterno descanso. Es por suerte para nuestra particular advocación, lo que manifestaron los amigos y seguidores de Jesús: dar a Cristo sepultura. El tema tiene su profundidad… Quizá algunos conozcáis el Hospital de la Caridad en Sevilla. En su templo aparecen representadas alegorías de las siete obras de misericordia, con motivos extraídos de la Escritura. El retablo principal presenta la última de las Obras bajo la forma del Santo Entierro, que tan bellamente esculpió Pedro Roldán. Es un ejemplo que nos expresa la ligazón entre las obras de misericordia y cómo éstas culminan en el Misterio que expresa el Santo Entierro del Cristo Yacente. ¿Qué podemos aprender de su contemplación?
En primer lugar, dar cristiana sepultura es una confesión de esperanza. No es guardar un cuerpo para el recuerdo como hacía la cultura romana, sino sembrarlo para la inmortalidad, creyendo conforme a nuestra fe, que lo mismo que el Cuerpo de Cristo fue sepultado, también nuestro ser resucitará con Él glorioso en cuerpo y alma. En el Entierro de Cristo se cumplieron otras obras de Misericordia: Nicodemo y las mujeres velaron su cuerpo desnudo arrancado de la cruz y vestido con un epitaphion de misericordia. María, también con lágrimas, entregó el agua que limpió y sació las heridas de quien poco antes exclamó: Tengo Sed; José de Arimatea acogió en una morada nueva de su pertenencia (sin saber que por tres días) al peregrino de Vida Nueva; las mujeres visitaron en la mañana de Resurrección a quien parecía que la cárcel de muerte tenía apresado. Y por ejercer la misericordia ¿qué ocurrió?: que ni sepultura, ni la cárcel, ni la desnudez, ni la herida, ni el tránsito, ni el hambre ni la sed vencieron a quien resucitaba para ser Alimento y Bebida de vida nueva, vestido glorioso, morada eterna, puerto seguro y fuente de salud y salvación para quien en Él pone la esperanza.
Tendremos tiempo en esta Semana Santa de poder reflexionarlo y compartirlo. Feliz Cuaresma, Pasión y Pascua en la Misericordia del Señor Jesús.
Guillermo Camino Beazcua, Consiliario
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