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sábado, 21 de marzo de 2020

Disponer para Jesús un nuevo sepulcro

“Lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro nuevo”

Feliz y comprometido camino hacia la Pascua. Siempre en novedad hacia el sepulcro nuevo. En el contexto de las novedades que estas próximas semanas nos traen, no dejamos de solicitarnos la creatividad para acoger las iniciativas de la reorganización de la Semana Santa en Valladolid. De un modo especial sentimos que tradición y novedad van hermanadas en la Pascua de Cristo. Toda su Pascua es novedad: nuevo fue su sepulcro y nuevo quedará, nuevos su sudario y vendas y nuevas permanecerán, y seguirán marcadas por la novedad de la resurrección para siempre. Sentimos la lógica de que la continuidad nos dé seguridad, y a la vez sabemos que es necesario situarnos ante la novedad como quien integra, madura y avanza. La Pascua conlleva ese equilibrio. Y con ese deseo es bueno que acojamos esta próxima Pascua.

Pascua es novedad, y a la vez es continuidad del gran Misterio de la Vida. Continuidad cada domingo, pues en él se renueva la Pascua, y a la vez novedad, porque el Misterio de Cristo renueva la vida, su Espíritu que nos ayuda a situarnos ante el compromiso.

Jesús mismo vivió la Pascua en novedad. Nuevo era el pollino que estrenó en Ramos, nuevo el brindis convertido en sacramento en la Cena de Pascua. Nuevo será su sepulcro en medio de tanta rutina…en la violencia de su muerte. Los crucificados eran sometidos a una rutina, la de aquellos que bien sabían lo que hacían: el modo como eran crucificados, cómo se prolongaba su dolor, cómo eran desenclavados y despojados en fosas comunes. Para los discípulos amigos, la memoria de Jesús debía salir de esa rutina y recibir el honor de su veneración.  Tenía que ser sepultado en un sepulcro nuevo. De esta forma dieron también cumplimiento con total exactitud a la profecía de Isaías: (Is 53, 9)"Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte." La esperanza en la resurrección guiaba aquella decisión, si el cuerpo de Jesús hubiera sido arrojado en una fosa común,  habría sido imposible verificar su resurrección, pero una tumba vacía sí que servía como una evidencia clara de la resurrección.

Así aquellos dos amigos fieles trasladaron el cuerpo de Jesús envuelto en una sábana hasta "un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno" (Jn 19, 41), excavado en la roca en un huerto cercano.  Diligentes y con premura ungieron el cuerpo antes de depositarlo en la tumba. Como era costumbre entre los judíos, lavaron el cuerpo  para después envolverlo en los lienzos con especias aromáticas. La iconografía del Santo Entierro ha guardado la memoria de los ungüentos utilizados:  la mirra y los áloes que había traído Nicodemo. Así al mezclar los lienzos con esta mixtura,   éstos quedaban pegados al cuerpo de Jesús formando una momia, tal y como se describe en el evangelio de Juan al referir el episodio de la resurrección de Lázaro. Llegados a este punto podríamos pensar que tal y como muestra nuestra imagen titular, el Santo Cristo representa el momento justo en que habiendo sido lavado el cuerpo acaba de ser colocado sobre el sudario. La santa cofradía inicial se dispondría a ungirlo. Acompaño en esta ocasión el presente saludo con dos imágenes de Raúl Berzosa, pintor contemporáneo, que nos muestra el doble ejercicio de aquellos primeros cofrades: colocar a Cristo en un sepulcro nuevo y ungirlo como Señor.



Puede resultar un ejercicio de piedad pensar qué de bueno le damos al Señor. Qué de buen perfume y aroma hay en nuestra vida para que sea nuevo ungüento que dignifique su espera de la mañana pascual. El propio Cristo nos dijo en la penúltima Cena, en Betania, que debemos ungir su santa presencia en los pobres, en los que se manifiesta su espera resucitadora de dignidad y justicia. ¿Cómo ungir al Ungido en sus ungidos? La respuesta es fácil: con la caridad que hace nuevas todas las cosas. Feliz y Santa Resurrección.

                                                                                               Guillermo Camino, Consiliario


lunes, 13 de marzo de 2017

Venimos a adorarlo

Así expresaron los Magos de Oriente, el sentido de su búsqueda y camino a Herodes. Peregrino en Colonia, junto a la tumba de los Santos Reyes Magos, recorría las naves de la catedral interpretando los mensajes de las Capillas laterales que guían, para poder decir como los Magos: Venimos a adorarlo. De la cuna, la casa de Belén o portal,  pasando por la casa de Betania, el Cenáculo, la peregrinación culmina con un grupo del Santo Entierro, bellísimo,  de composición y factura semejante al grupo de Juan de Juni, hoy en el Museo de San Gregorio.

Existe un precioso paralelismo entre los Magos y los compañeros fieles de Jesús. Nicodemo llevó una mezcla de mirra y áloe de cien libras para difundir un fragante perfume, todo un tesoro. Ahora, en la entrega del Hijo, como ocurriera en la unción de Betania, se manifiesta una desmesura que nos recuerda el amor generoso de Dios, la «sobreabundancia» de su amor. Dios se ofrece generosamente a sí mismo. Si la medida de Dios es la sobreabundancia, también para nosotros nada debe ser demasiado para Dios.

Pero es necesario recordar también lo que san Pablo dice de Dios, el cual «por nuestro medio difunde en todas partes el olor de su conocimiento. Pues nosotros somos [...] el buen olor de Cristo» (2 Co 2, 14-15). En este momento en que algunos hablan de la descomposición de las ideologías, nuestra fe debería ser una vez más el perfume que conduce a las sendas de la vida. En el momento de su sepultura, comienza a realizarse la palabra de Jesús: « Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, dará mucho fruto» (Jn 12, 24). Jesús es el grano de trigo que muere. Del grano de trigo enterrado comienza la gran multiplicación del pan que dura hasta el fin de los tiempos: él es el pan de vida capaz de saciar sobreabundantemente a toda la humanidad y de darle el sustento vital: el Verbo de Dios, que es carne y también pan para nosotros, a través de la cruz y la resurrección. Sobre el sepulcro de Jesús resplandece el misterio de la Eucaristía. Así lo proclamamos gozosos en la adoración peregrina del Jueves Santo. Renovemos nuestro gesto de adoración.
En el camino de esta Cuaresma podemos compartir esta plegaria. Feliz Pascua 2017

ORACIÓN

Señor Jesucristo, al ser puesto en el sepulcro
has hecho tuya la muerte del grano de trigo,
te has hecho el grano de trigo que muere
y produce fruto con el paso del tiempo hasta la eternidad.
Desde el sepulcro iluminas para siempre
la promesa del grano de trigo
del que procede el verdadero maná,
el pan de vida en el cual te ofreces a ti mismo.
La Palabra eterna, a través de la encarnación y la muerte,
se ha hecho Palabra cercana; te pones en nuestras manos
y entras en nuestros corazones para que tu Palabra
crezca en nosotros y produzca fruto.
Te das a ti mismo a través de la muerte del grano de trigo,
para que también nosotros tengamos el valor
de perder nuestra vida para encontrarla;
a fin de que también nosotros confiemos
en la promesa del grano de trigo.
Ayúdanos a amar cada vez más tu misterio eucarístico
y a venerarlo, a vivir verdaderamente de ti, Pan del cielo.
Auxílianos para que seamos tu perfume
y hagamos visible la huella de tu vida en este mundo.
Como el grano de trigo crece de la tierra en espiga,
tampoco ,tú podías permanecer en el sepulcro:
el sepulcro está vacío porque el Padre
no te «entregó a la muerte,
ni tu carne conoció la corrupción»
 No, tú no has conocido la corrupción.
Has resucitado y has abierto el corazón de Dios
a la carne transformada.
Haz que podamos alegrarnos de esta esperanza
y llevarla gozosamente al mundo,
para ser de este modo testigos de tu resurrección.

Guillermo Camino Beazcua, Consiliario

lunes, 21 de marzo de 2016

Compendio de la Misericordia

Nuestra Cofradía acoge con la Iglesia el Año Jubilar de la Misericordia. El mensaje y la palabra, los gestos y signos manifestados por el Santo Padre Francisco, nos sirven de acicate para recordar cómo la tradición cofrade ha sabido aunar la compasión con los sentimientos de Cristo en su Pasión, Muerte y Resurrección, con la compasión hacia quienes hoy viven, sufren y padecen el dolor, la exclusión o cualquier forma de injusticia y agresión a su dignidad y derechos. Es conocido por todos cómo cada una de las antiguas Cofradías de nuestra ciudad asumía el ejercicio de una obra de misericordia: atención y educación de huérfanos, hospedaje para transeúntes, hospital, asilo… era la extensión caritativa de cada una de las Cofradías.

Con frecuencia este compromiso es reclamado por algunas voces para que en el siglo XXI las Cofradías cumplan una función no sólo cultual. Siempre hay espacio para el compromiso personal y de modo particular podemos preguntarnos qué y cómo, podemos hacer para manifestar un actuar misericordioso.

Cuando de pequeños aprendíamos el elenco de las obras de misericordia corporales y espirituales, aprendíamos a enunciarlas de carrerilla y quizá de modo individualizado. Es bueno recordar que las obras de misericordia siempre tienden un puente entre ellas y aunque visibilizan una sensibilidad o carisma especial hacia una forma de dolor o exclusión, lo importante es el talante de quien es misericordioso, luego vendrá el modo de manifestarlo. En dicho elenco de obras de misericordia corporales, todos sabemos que culmina con el dar eterno descanso. Es por suerte para nuestra particular advocación, lo que manifestaron los amigos y seguidores de Jesús: dar a Cristo sepultura. El tema tiene su profundidad… Quizá algunos conozcáis el Hospital de la Caridad en Sevilla. En su templo aparecen representadas alegorías de las siete obras de misericordia, con motivos extraídos de la Escritura. El retablo principal presenta la última de las Obras bajo la forma del Santo Entierro, que tan bellamente esculpió Pedro Roldán. Es un ejemplo que nos expresa la ligazón entre las obras de misericordia y cómo éstas culminan en el Misterio que expresa el Santo Entierro del Cristo Yacente. ¿Qué podemos aprender de su contemplación?

En primer lugar, dar cristiana sepultura es una confesión de esperanza. No es guardar un cuerpo para el recuerdo como hacía la cultura romana, sino sembrarlo para la inmortalidad, creyendo conforme a nuestra fe, que lo mismo que el Cuerpo de Cristo fue sepultado, también nuestro ser resucitará con Él glorioso en cuerpo y alma. En el Entierro de Cristo se cumplieron otras obras de Misericordia: Nicodemo y las mujeres velaron su cuerpo desnudo arrancado de la cruz y vestido con un epitaphion de misericordia. María, también con lágrimas, entregó el agua que limpió y sació las heridas de quien poco antes exclamó: Tengo Sed; José de Arimatea acogió en una morada nueva de su pertenencia (sin saber que por tres días) al peregrino de Vida Nueva; las mujeres visitaron en la mañana de Resurrección a quien parecía que la cárcel de muerte tenía apresado. Y por ejercer la misericordia ¿qué ocurrió?: que ni sepultura, ni la cárcel, ni la desnudez, ni la herida, ni el tránsito, ni el hambre ni la sed vencieron a quien resucitaba para ser Alimento y Bebida de vida nueva, vestido glorioso, morada eterna, puerto seguro y fuente de salud y salvación para quien en Él pone la esperanza.

Tendremos tiempo en esta Semana Santa de poder reflexionarlo y compartirlo. Feliz Cuaresma, Pasión y Pascua en la Misericordia del Señor Jesús.

Guillermo Camino Beazcua, Consiliario


Santo Entierro. Pedro Roldán. Hospital de la Caridad (Sevilla)

martes, 3 de marzo de 2015

Reflexión de nuestro Consiliario

Salve, Verdadero Cuerpo nacido
de la Virgen María,
verdaderamente atormentado, sacrificado
en la cruz por la humanidad,
de cuyo costado perforado
fluyó agua y sangre;
Sé para nosotros un anticipo
en el trance de la muerte.

Queridos hermanos y hermanas que veneráis el Misterio de Misericordia manifestado en el Cuerpo Yacente de Nuestro Señor Jesucristo, Cuerpo solidario del dolor humano, que desea ser redimido y alzado, Cuerpo-espejo de nuestra propia corporeidad, que busca ser santificada por su Amor.

Asumimos el compromiso de iniciar el camino cuaresmal en este 2015, en un año, en que solidarios a tantas esperanzas de superación y mejora de las condiciones de nuestra sociedad, también queremos dar una respuesta positiva a nuestro tiempo. Escribo estas líneas a la par que leo la noticia que recoge el Día de Valladolid, el anuncio de aspectos significativos de nuestra Semana Santa, en donde se destaca la nueva orientación de nuestra espiritualidad sacramental, y por tanto el sentido de las novedades incorporadas en esta Pascua. Todo ello es fruto del deseo de ser fieles y a la vez creativos, de renovar en fidelidad, de dar sentido y acercar afectos, y en ello nos necesitamos todos. Tenemos un deber importante: dar sentido, ¿qué es venerar el Cuerpo de Cristo?

Venerar el Cuerpo de Cristo es venerar su Humanidad entregada, su solidaridad con nuestra humanidad, de la que Él asumió y así sólo pudo salvar. Para que seamos como Él, ha sido como nosotros. Su cuerpo yacente nos recuerda nuestra búsqueda de ser como Él, de superar cuanto nos abaja y hunde, para llevar una vida más exaltada, más libre, más auténtica, más próxima al buen querer de Dios.

Tendremos ocasión en esta Semana que nos haga un poco más santos, para pensar cómo elevar el nivel de nuestra vida, pues veneramos a un Cristo que yace para ser exaltado. A este cuerpo, merece la pena, que le digamos: Salve. Es un cuerpo nacido, acunado, nutrido, velado por tan buena Madre. Un cuerpo fortalecido que sanó las dolencias de los oprimidos por el mal. Un cuerpo venerado por las discípulas, siempre tan cercanas, al querer del Maestro. Un cuerpo abierto a dar amor sin límites, un cuerpo que es puerta para nuestro paso a la patria cierta, la que por ser eterna, es regalo sólo de Dios.

Hermanas, hermanos, veneremos, oremos, amemos este Santo Cuerpo, el mismo que pregustamos, del que podemos tener ya experiencia en este hoy de nuestro sentarnos a la mesa fraterna, pues en ella está su Amor, su Vida, hecha cuerpo, “tangible, cercano, amigo”… Os esperamos para conocerlo, sentirlo, dejar que nos ame y al fin decirle: Salve. Pocos como el Maestro de la imagen de Cristo, Gregorio Fernández, supieron aunar el misterio de la contemplación eucarística con la veneración del cuerpo anhelante de dar vida en la anacrusa de su resurrección. Pocos, como nosotros, seremos capaces de vivirlo, muchos a quien contarlo.

Feliz Pascua.

Guillermo Camino
Consiliario

lunes, 23 de febrero de 2015

A las llagas del Santo Cristo Yacente

En silencio que admira, te contemplo: Santo Cristo Yacente.
Recorro en la cercanía de tu cuerpo, las heridas de tu muerte,
y descubro en tu descanso, el valor del vencedor, aún dolido.

Sé que las marcas de tu Pasión, lo son aún más de Gloria,
Sé que en ellas no sólo está el recuerdo del dolor que venciste,
pues son tus llagas, la llave santa de la santa Puerta,
por la que participamos de tu Resurrección.

Yo os adoro, Llagas sagradas de Jesús, fuente inagotable de todos los bienes,
asilo constante abiertas al arrepentimiento de quien busca conversión.

Yo os amo, Llagas dolorosas por la que hemos sido redimidos y salvados.

Yo os bendigo, Llagas gloriosas que brilláis desde el cielo,
junto al Padre y sois causa de nuestra salud, encended en el fuego del Espíritu nuestro amor.

Oh Jesús, por los méritos de vuestras Santas Llagas, salvadnos. En estos tiempos arduos, tened piedad de nosotros. Dadnos hacer conocer a todos los hombres la manifestación de tanto amor que brotan de Cristo el Señor.

Que en ellas contemplemos por cuán grande amor hemos sido redimidos,
que nos ayuden a reconocer nuestra falta de amor.

Tus llagas, Santo Cristo Yacente, son trofeo de vencedor,
en ellas hallamos la fe para tener esperanza
en la construcción de la civilización del Amor.
Son faros que iluminan la Victoria de tu resurrección.

Cristo Jesús, al contemplar tu cuerpo tan herido,
descansando activo, aguardando la Resurrección,
te pedimos que se haga manifiesta tu Victoria sobre toda forma de muerte,
que el mal vencido en tu Anástasis, no sea acrecentado por nuestra debilidad.

Por tu Corazón y vuestras llagas adorables, oh Rey Jesús, triunfad en nuestra flaqueza, fortalecednos con vuestra ternura para ser fieles en la confesión y vivencia de la fe. Amén

(G.C.B. Cofradía del Santo Entierro 2015, Año teresiano)


San Bernardo le preguntó al Divino Salvador, cual fue su dolor en la Pasión más desconocido por los hombres. Jesús le respondió: Tenía una llaga profundísima en el hombro sobre el cual cargue mi pesada cruz; esa llaga era la mas dolorosa de todas. Los hombres no la conocen. Honrad pues esta llaga y haré todo lo que por ella pidas 

Oh amantísimo Jesús, Cordero mansísimo de Dios, yo, miserable pecador, saludo y venero la llaga sacratísima del hombro en que llevaste tu pesada cruz, que desgarró tu carne y descubrió tus huesos causándote un dolor mayor que el de cualquiera otra llaga de tu sacratísimo cuerpo. Yo te adoro, oh afligidísimo Jesús: te alabo, bendigo y glorifico, y te doy gracias por esta sacratísima y dolorosísima llaga, rogándote por su excesivo dolor y por el enorme peso de tu cruz, tengas misericordia de mí pecador, me perdones todos los pecados mortales y veniales, y me conduzcas al cielo por el camino de tu cruz. Así sea.

Dios mío, mi único bien y mi todo. Vos sois todo para mí, sea yo todo para vos.

ORACIÓN A LAS SANTAS LLAGAS DE CRISTO YACENTE

"Pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no le dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle." Santa Teresa de Jesús, Vida, 9, 1

Al estar de rodillas ante Vuestra imagen sagrada, oh Salvador mío, mi conciencia me dice que yo he sido él que os ha clavado en la cruz, con estas mis manos. Me echo de rodillas, convencido de que aún puedo reparar las injurias con que os he inferido. Al menos os puedo compadecer, puedo daros gracias por todo lo que habéis hecho por mí. Perdonadme, Señor mío. Por eso con el corazón y con los labios digo:

A LA LLAGA DEL PIE IZQUIERDO

Santísima llaga del pie izquierdo de mi Jesús, os adoro. Me duele, buen Jesús, veros sufrir aquella pena dolorosa. Os doy gracias, oh Jesús de mi alma, porque habéis sufrido tan atroces dolores para detenerme en mi carrera al precipicio, desangrándoos a causa de las punzantes espinas de mis pecados. Ofrezco al Eterno Padre, la pena y el amor de vuestra santísima Humanidad para resarcir mis pecados, que detesto con sincera contrición.

A LA LLAGA DEL PIE DERECHO

Santísima llaga del pie derecho de mi Jesús, os adoro. Me duele, buen Jesús, veros sufrir tan dolorosa pena. Os doy gracias, oh Jesús de mi vida, por aquel amor que sufrió tan atroces dolores, derramando sangre por mis pasos perdidos. Ofrezco al Eterno Padre, la pena y el amor de vuestra santísima Humanidad, y le pido la gracia de llorar mis transgresiones y de perseverar en el camino del bien, cumpliendo fidelísimamente los mandamientos de Dios.

A LA LLAGA DE LA MANO IZQUIERDA

Santísima llaga de la mano izquierda de mi Jesús, os adoro. Me duele, buen Jesús, veros sufrir tan dolorosa pena. Os doy gracias, oh Jesús de mi vida, porque por vuestro amor me habéis librado de sufrir la flagelación y la eterna condenación, que he merecido a causa de mis pecados. Ofrezco al Eterno Padre, la pena y el amor de vuestra santísima Humanidad y le suplico me ayude a hacer buen uso de mis fuerzas y de mi vida, para producir frutos dignos de la gloria y vida eterna y así desarmar la justa ira de Dios.


A LA LLAGA DE LA MANO DERECHA

Santísima llaga de la mano derecha de mi Jesús, os adoro. Me duele, buen Jesús, veros sufrir tan dolorosa pena. Os doy gracias, oh Jesús de mi vida, por haberme abrumado de beneficios y gracias, y eso a pesar de mi obstinación en el pecado. Ofrezco al Eterno Padre la pena y el amor de vuestra santísima Humanidad y le suplico me ayude para hacer todo para mayor honra y gloria de Dios.

A LA LLAGA DEL SACRATÍSIMO COSTADO

Santísima llaga del Sacratísimo costado de mi Jesús, os adoro. Me duele, Jesús de mi vida, ver como sufristeis tan gran injuria. Os doy gracias, oh buen Jesús, por el amor que me tenéis, al permitir que os abrieran el costado, con una lanzada y así derramar la última gota de sangre, para redimirme. Ofrezco al Eterno Padre esta afrenta y el amor de vuestra santísima Humanidad, para que mi alma pueda encontrar en vuestro Corazón traspasado un seguro refugio. Así sea.

sábado, 14 de febrero de 2015

Solemne Triduo en honor del Santo Cristo Yacente

La Cofradía del Santo Entierro celebrará Solemne Triduo en honor del Santo Cristo Yacente, los días 19, 20 y 21 de febrero a las 20,30 h en la Iglesia del Real Monasterio de San Joaquín y Santa Ana.
Día 19 de febrero - Petición de la Sagrada Imagen a la Comunidad de Religiosas Cistercienses y Santa Misa.
Día 20 de febrero - Santa Misa.
Día 21 de febrero - Santa Misa de Comunión General de la Cofradía. Tras la Eucaristía se impondrán las medallas a los nuevos cofrades.
Predicará D. Guillermo Camino Beazcua, consiliario de la Cofradía.



NOTA IMPORTANTE PARA LOS COFRADES: En el boletín informativo que os hemos enviado, la hora de celebración del Triduo aparece equivocada. La hora correcta de inicio es: 20,30 h.

domingo, 13 de abril de 2014

Tendiendo puentes, abrazos de misericordia.

Un abrazo fraterno. Van llegando las semanas, los días, las horas e instantes, de volver la mirada a quien tanto por nosotros ha hecho. En su imagen, que yace, cual Niño Inocente, encuentra fortaleza nuestra fe, se enciende nuestra caridad. En Él hemos puesto nuestra fortaleza, y en Él nuestra gloria.

Se acercan ya los días, y es tiempo de repasar el terciopelo y bruñir los dorados, de encender candelas y faroles y de mirar la cruz que nos congrega, y en sus brazos fraternos, todos nos sentimos acogidos.

Nos miramos, le miramos y tendemos puentes. Felicitamos al hermano mayor, el Yacente de “El Pardo”, está de cumple-siglos, son cuatro, (1614) y es uno de los más señeros del taller de Gregorio Fernández; inmóvil en el templo capuchino madrileño, no goza de la suerte de quien conoce estrellas abrileñas, amenazas de aguas (esperemos que este año no), cofradía de Santo Entierro, aunque es verdad de son miles los madrileños enorgullecidos de su presencia. (Valga con todo ello la posibilidad de una excursión hasta el Pardo para manifestarle nuestro aprecio, tallado en 1614 llegó a la capital en 1615). Un año repleto de recuerdos culturales. Toledo y El Greco, cuatro siglos de la muerte del Candiota que nos hacen valorar su originalidad y su legado. Cuatro siglos, lleva con nosotros el único Greco de la Diócesis, “El Salvador” de Las Descalzas, os invito a contemplar su mirada, un hermoso contrapunto a la mirada de nuestro Cristo.

Tendemos puentes también a quienes nos acompañarán en esta próxima Semana Santa. Os invito a sorprenderles. Son muchos los venidos de fuera, que nos acompañan en nuestros desfiles procesionales, para ellos, seamos testimonio. Tendemos puentes a los más próximos, a tantos necesitados de apoyo solidario y a tantos que van promoviendo una cultura de fraternidad y misericordia. Tendemos puentes a cuantos acogemos las palabras del Santo Padre Francisco, en su legado Cuaresmal nos invita: Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15)… A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual.

Un último puente, a la sensibilidad de la plegaria, en estos versos al Cristo Yacente:

Casi en las manos sosteniendo el brío, 
desprendido y yacente el cuerpo santo
deshabitado está, ¡no alzad el llanto!
Ya tiene luz la rosa y gozo el río.
La muerte confirmó su señorío
sobre la carne del Señor y, en tanto,
si es sombra sana su mortal quebranto,
ya está el tiempo parado, Cristo mío;
Ya está el tiempo en el mar y está cumplida
la noche en la mirada redentora
que vio la luz mirando el firmamento.
¡Y volverá el pecado con la vida,
y clavada en la cruz está la Aurora
ya inútil al abrazo y leve al viento! 

Luis Rosales (Granada, 1910-1992) 


Guillermo Camino
Consiliario

domingo, 30 de marzo de 2014

No es un farol...

Que en nuestro hablar coloquial, es sinónimo de alarde, incluso de presunción, o de modo aún más coloquial.., “no es una fantasmada”. Para quienes contemplan el paso de la Cofradía del Santo Entierro, hay un signo que les identifica, su farol. No es muy común en el mundo cofrade, ver portar a tales, un farol… lo propio más parece ser una vela, un sacho, un guión, una Lucerna, o… tantos ejes lumínicos como nuestro diccionario ofrezca. Y sin embargo, aquí está la Cofradía del farol. Aquellos que portan una luz, tan próxima a los pasos que no desafía a nadie, que no es un reclamo, sino una luz callada, que alumbra sin desafiar la horizontalidad de quienes portan. Casi sería un atrevimiento que la luz del santo Entierro luciese sobre el Santo en vías de Entierro. Por eso bendito farol, el nuestro, que sabe ir, aún más bajo y hondo que el Cristo Yacente. Ojalá que esta Semana Santa nos predisponga a ser luz del Señor, a ver con sus ojos, a dejar atrás tanta ceguera…



Si os recuerdo nuestra condición lumínica es porque en este domingo la Palabra nos recuerda la importancia del saber ver, el saberse dejar iluminar, y el saber ser luz. Todo ello le acontece a un ciego en vísperas de la entrada de Jesús en su Pasión.

Estamos en el sexto signo que S. Juan recoge en el “Libro de los signos” de su Evangelio para presentarnos a Jesucristo, el Señor. Al encontrarse con aquel mendigo invidente, Jesús le sale al encuentro, se implica en la nueva creación de este hombre, moldeando con su saliva y barro, el ungüento curativo que le predispone a ver.

El hecho de “ungirlo” y la orden de “lavarse en la piscina” hacen pensar en los ritos del bautismo, fuente de vida nueva. Su primer nacimiento lo arrojó a las tinieblas, y ahora vuelve a ser engendrado para la luz. Pero no nos quedemos con el “milagrito”. Esto es un “signo” de Jesús que pretende revelarnos su identidad más profunda, por ello me pregunto: ¿Dé que manera va descubriendo el ciego esa identidad de Jesús? Me fijo en las cosas que dice y descubro cómo va “viendo” cada vez más claro quién es el que le ha curado. Abrir los ojos del cuerpo significa abrir los ojos de la fe. La curación de la ceguera viene a simbolizar todo el proceso que recorre el que cree en Jesús y recibe el bautismo. Este sacramento se llamó “iluminación”.

El ex ciego se comporta como un “testigo de la fe” como un “discípulo” v. 28; los fariseos inseguros y faltos de argumentos deciden “echarlo fuera”. Pero me pregunto: ¿De qué juicio se trata según las palabras de Jesús en los vv.39-41? El verdadero juicio no es el de los fariseos, sino ese que Jesús establece al revelarse como luz. Una luz que alumbra a los ciegos y ciega a los que creen ver. Negándose a creer, permanecen en su pecado (vv. 40-41).



✔ EN NUESTRA ORACIÓN: Soy una persona “iluminada” desde mi bautismo, desde esta experiencia oro al Padre. ¿Cómo estoy viviendo mi propio proceso de fe? ¿Lo siento avanzar o retroceder? ¿En qué momentos de oscuridad has experimentado a Jesús como luz?

✔ PARA TU COMPROMISO. ¿Qué significa para mí ser testigo de la luz de Jesús en los ambientes donde me muevo? ¿Qué cegueras percibo en mí y en la sociedad? ¿Qué esperanza me hace concebir la lectura de este pasaje? ¿Qué puede significar para cada uno en esta próxima Semana Santa portar la luz que ilumine a Cristo?

Guillermo Camino
Consiliario

viernes, 21 de marzo de 2014

También el agua


Creo que entre las palabras tabúes de un Cofrade, el agua es una de ellas. El agua, de la lluvia, eso sí. Y por eso, no quisiera que fuese un elemento del que nos olvidásemos. Ella estuvo presente en el misterio que alumbramos, pues al fin, quien era el Agua Viva, fue lavado. Él mismo tras su muerte nos dio como legado agua y sangre. Somos cofrades que veneramos la sangre y su fuente, las llagas. Pero de ellas también brota el AGUA. Agua utilizó José de Arimatea, memoria celebraba la Iglesia el pasado 17. Nuestro protocofrade José, fue discípulo que lavó al autor de la limpieza, que recibiendo de Jesús el agua de la gracia, la devolvió en forma de unción y bendición.

De todo ello nos habla el tercer domingo de Cuaresma. Acompaño estas palabras en esta ocasión con dos imágenes del conocido Padre Rupnik representando el pasaje evangélico de la Samaritana. Como una imagen precede otra concluye esta reflexión, dejo como sugerencia comparar ambas… y preguntarse: ¿quién pide quién ofrece?


Pensémoslo. Situémonos ante el texto con estas palabras del prefacio de este domingo: “Jesucristo al pedir a la samaritana que le diera de beber, ya le había comunicado el don de la fe; y de tal modo tuvo sed de esa fe de ella que la abrasó con el fuego del divino amor” .

Jesús desde Jerusalén se dirige a Galilea pasando por territorio de Samaría, con su población en mutua enemistad con los judíos. Al mediodía, después de horas y horas de camino, se detiene cansado en Siquem, junto al pozo de Jacob.

Pozos y fuentes de agua jalonan el itinerario terreno y espiritual de los patriarcas y del pueblo del éxodo. Jesús tiene sed y se sienta junto al manantial, agua de la entraña de la tierra. Jesús, fatigado por el largo caminar. También es la fatiga del sembrador: su camino y la siembra se identifican.

Al pozo, signo de vida, llega la mujer de Samaría, y Jesús le pide: “Dame de beber”. El Mesías, el Hijo de Dios arde de sed y pide a la creatura. Dios pide al hombre. Te pide a ti. El Señor de infinito poder hoy es un necesitado del hombre: ¡Dame de beber! ¡Dame agua! El hombre, nosotros, podemos calmar la sed de cristo. En la cruz también, al mediodía, gritará: ¡Tengo sed! Allí le dieron de beber vinagre (Jn 19, 23-29).

La sed es deseo. Deseo de nuestra respuesta, de la correspondencia de nuestra fe, de nuestro amor. Sed-deseo de nuestra salvación. La sed de Jesús es su amor ofrecido. Por eso, ante la extrañeza de la mujer samaritana de que un judío le pidiese agua, ahora el diálogo de Jesús se torna ofrecimiento: el don de Dios, el agua viva.

Los textos de Juan (7, 37-39) son claros en su simbolismo. “El que tenga sed, venga a mí, beba el que cree en mí”… “Esto lo decía del Espíritu”. Comprendemos que el don de Dios, el agua de vida que Jesús ofrece a la samaritana, es el don del Espíritu Santo, el eterno amor del Padre y del Hijo.

La samaritana va descubriendo poco a poco el misterio del Mesías: el diálogo irá revelando gradualmente su secreto. Al principio era simplemente un judío; después lo llamará Señor (v. 11), más grande que Jacob (v. 12). Profeta (v. 19), Mesías (v. 26-29). Finalmente, Salvador del mundo (v. 42).

La samaritana, al creer, se torna apóstol; enseguida deja el cántaro, anunciando al pueblo: “vengan a ver”.

La celebración del Viernes Santo nos recordará aquel otro mediodía, en Jerusalén, en donde Jesús, sin balde, saca el agua viva: golpeado como la roca de Moisés, de su costado abierto, del pozo abismal de su corazón abierto por la lanza, desde lo alto de la cruz, en virtud de la sangre sacrificial del Cordero, sale el agua que riega la tierra, signo del Espíritu. Seamos cofrades de esta Agua que brota de la fuente del Amor.

Guillermo Camino
Consiliario

sábado, 15 de marzo de 2014

Domingo de luz en el consuelo

Si el encuentro con Dios nos acerca a nuestra verdad, cierto es que encontrarse con Él es sentirse iluminado, es llevar una luz nueva. Experiencia no verificable a los ojos de lo ordinario, pero experiencia cierta.
La ciencia cuando no se comprende con profundidad puede empequeñecer al hombre. No es raro escuchar comentarios de que está científicamente probado que Dios no existe. Bajo ese prisma tampoco existe la belleza, ni la grandeza, ni el amor. Y Dios es Amor. El mundo queda reducido a lo material, a lo tangible, a lo que puedo tocar y a lo que puedo modelar mediante ecuaciones matemáticas.
La realidad es mayor.
El Evangelio nos presenta una escena en la que Jesús se muestra como “mucho más que un hombre”, un hombre transfigurado. Un hombre hecho luz que apunta a la Pascua. Mucho más que la carne que lo conforma. Pero es que somos mucho más que carne y huesos. Y me atrevo a decir que la carne no es lo más importante que poseemos. Todos tenemos algo dentro que es mucho más grande que nuestro envoltorio. Jesús lo mostró a sus discípulos de una forma espectacular, las personas que nos rodean nos lo muestran de una forma mucho más sencilla: con una sonrisa, con una caricia, con una palabra de apoyo y cariño. Y en esos momentos hacemos nuestras las palabras de los discípulos: “Qué bien se está aquí”.
Pensemos en estos días:
Es Cuaresma: Subamos a una montaña alta… Podemos buscarla dentro de nosotros mismos… retirándonos para hacer silencio interior profundo, que nos lleve a encontrarnos con el Padre (fuente de vida, esperanza…)
-Hagámonos propósito de dejarnos “transfigurar”: Jesús es un hombre que se deja transfigurar por Dios en su día a día… Y desde su Palabra sus obras y sus hechos, nos invita a transfigurarnos a nosotros.
-No deseemos hacer una tienda para instalarnos: En nuestras comodidades, en nuestras mediocridades, en nuestros privilegios, en nuestros sueños… Toquemos la realidad. No vivamos al margen de ella, en nuestro “mundo particular”.
-Escuchemos al Hijo predilecto: Él es el único que debemos escuchar y al único que necesitamos escuchar, para llevar una vida plena…Y lo podemos hacer desde el silencio, desde la lectura de la Palabra…, pero también procurando despertar nuestros oídos, nuestros ojos..

Guillermo Camino
Consiliario

sábado, 8 de marzo de 2014

Domingo de decisiones

“Entonces Jesús fue llevado del Espíritu al desierto, para ser tentado”

Si alguno de estos días os acercáis hasta Santa Ana no dejéis de pasar por el Museo. Paraos un instante ante de uno de los lienzos más originales de la colección monástica. Me refiero a las tentaciones de Jesús en el desierto, una obra anónima del XVII. En ella aparece representado por tres veces Jesús, en distintos planos, que sugieren una acción continuada. Las tres secuencias representan el paso de los cuarenta días de Jesús en el desierto, lugar al que fue llevado por el Espíritu para discernir, decidir, orientar.
Dicho ejercicio no resulta fácil. El desierto llama, pero el hombre prefiere la ciudad y sus ruidos, sus compañías, que con frecuencia se ven amenazadas por el valor de la verdad que la soledad del desierto nos sugiere. A todos nos gusta cambiar de aires, tierras y aguas. Por qué buscar de vez en cuando, aún en pareja o familia, buscar estos tiempos y lugares para encontrarnos con nosotros mismos, para preguntarnos y replantear. El cristiano como Jesús debe escuchar la llamada del desierto. Todos tenemos alguna tarde de domingo, un paseo de sábado, un cuarto de hora para levantarnos antes y tomarnos el pulso. ¿Cómo estoy y qué voy viviendo?
Jesús no tuvo miedo de responderse, no sólo en estos días de desierto, sino aún en noches frecuentes de soledad y montaña. Cada Cuaresma, comienza con esta llamada del desierto y al desierto. Jesús en su experiencia sintió la llamada a vivir en la verdad de la voluntad del Padre. No se trata sólo de saber qué nos gusta, en qué encuentro paz o desasosiego. La verdadera paz reside en una conformidad mayor, hacer lo que Dios quiere, que siempre es lo mejor de lo que uno puede pensar.
La tentación fue constante en la vida de Jesús. Ésta le acompañó desde el principio hasta el fin, desde el bautismo hasta la muerte de cruz. Porque en la medida con la que el anuncio de la Buena Nueva del Reino se extendía en medio del pueblo, crecía la presión sobre Jesús para adaptarse a las perspectivas mesiánicas del pueblo y ser el mesías que los otros deseaban y querían: "mesías glorioso y nacionalista", "mesías rey", "mesías sumo sacerdote", "mesías juez", "mesías guerrillero", "mesías doctor de la ley". La carta a los Hebreos dice: "El fue probado en todo a semejanza de nosotros, menos en el pecado" (Heb 4,15). Pero la tentación no ha conseguido jamás desviar a Jesús de su misión. El continuaba firme en el camino del "Mesías Siervo" anunciado por el profeta Isaías y esperado sobre todo por los pobres del pueblo, los anawim. Al respecto, Jesús no ha tenido miedo de provocar conflictos, ni con las autoridades, ni con las personas más queridas.

Con Él y junto a Él podemos orar diciendo:
No me dejes en la tentación de lo fácil
No dejes que, mi vida, sea un trayecto de mínimos. No permitas que, ante las dificultades,
me repliegue por cobardía, el qué dirán o vergüenza. ¡APÁRTAME, SEÑOR!
Porque Tú lo sabes, aspiro a tener
aunque te diga que lo importante es “ser”
Porque disfruto recibiendo más que ofreciendo
Porque, el ser perdonado, siempre me resulta
más gratificante y hasta menos duro ante los ojos de los demás
que, ir por ahí, yo perdonando.

Guillermo Camino
Consiliario

miércoles, 5 de marzo de 2014

Miércoles de inicios

Comenzamos la Cuaresma, con sus signos y propósitos. Un tiempo para reparar en las manos de Jesús, y convertirnos a sus manos y en sus manos. La Cuaresma nos hablará de las manos de Jesús: rechazando las ofertas del tentador, ascendiendo y bendiciendo desde el Tabor, ofreciendo el agua de la vida a la Samaritana, devolviendo la vista al ciego, marcando el límite de la vida venciendo la muerte de otros, para prefigurar la victoria de la suya. Sus manos en Pascua nos mostrará el amor de su costado, el perdón de su misericordia, y en este año, el reconocimiento de la santidad de Juan Pablo II y Juan XXIII.
Sus manos son para nosotros un sacramento, cada año las veneramos en la expresividad del santo Cristo Yacente, por ellas nos llegan la gracia de su amor y la fuerza de su Espíritu. Y con nuestras manos, en Cuaresma se nos invita:
-a recogerlas en plegaria sencilla, que recibe y bendice, que acoge y ofrece: Cuaresma es oración;
- a privarnos de usarlas en nuestro interés, y privarnos, para ser solidarios con los que no tienen: Cuaresma es renuncia para ser oferta;
-a tender la mano, para generar nuevas relaciones solidarias: Cuaresma es conversión al otro.
La Cuaresma comienza en este miércoles con signos que realizan nuestras manos: recibir la ceniza, signarnos… podríamos lavar también nuestras manos, o perfumarlas… son signos que nos recuerdan que la Cuaresma, es tiempo de hacer nuevas nuestras manos. Tus manos son un potencial, no las mantengas escondidas. No seas hombre o mujer de manos atadas, o atrofiadas. Tus manos también son un signo del poder de Dios. “Jesús, tiene sólo nuestras manos para construir un mundo en donde habite la justicia”.

Guillermo Camino
Consiliario


lunes, 24 de febrero de 2014

domingo, 10 de noviembre de 2013

Renovación de la fe

En la tarde de ayer sábado, una buena representación de cofrades realizamos la peregrinación  a la iglesia parroquial de San Andrés, donde celebramos la renovación de la fe, ante la imagen del Santo Cristo de la Fe. Nos acompañaron los hermanos de la Cofradía Penitencial del Santísimo Cristo Despojado, Cristo Camino del Calvario y Nuestra Señora de la Amargura, a quienes les agradecemos su amabilidad.

Tras la profesión de fe, los cofrades recitamos la preciosa oración preparada por nuestro consiliario, Guillermo Camino, que os dejamos a continuación para meditar e interiorizar en casa:

Confesión de Fe de la Cofradía del Santo Entierro

LA FE, RESPUESTA A LA MIRADA DEL SEÑOR

No dejes, nunca, de mirarme, Señor
porque, donde Tú miras, sé que se encuentra el pozo de la felicidad.
¿Qué tiene tu mirada, Señor?
¿Por qué, hundiéndose tus ojos en el suelo, no dejas de poseer tu corazón en el cielo?
No dejes, nunca, de mirarme, Señor
porque, de la manera en que Tú miras
uno se encuentra con la paz sin fisuras
con la sabiduría que viene del cielo
con la serenidad que necesita nuestra existencia.

¿Por qué me miras, así, Señor?
Me propones caminos de vida, y elijo los que conducen a la muerte
Me susurras palabras de aliento,
y me disipo en el ruido
Me acaricias con mano de amigo,
y mendigo aquellas que no me ofrecen nada.
Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.

Porque, el camino, cuando Tú marchas delante
es menos árido y menos complicado
Porque, la senda, cuando es iluminada
por tu presencia
se convierte en vida y esperanza,
ilusión y agradecimiento.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.
Para que mi corazón, junto al tuyo siempre,
se agite con movimiento ascendente, hacia el cielo
y en ritmo descendente, hacia la tierra.
¿Por qué me miras, así, Señor?
¿Qué tengo yo de noble para que tus ojos
se detengan en mí?
¿Qué has encontrado en mi vida
para que, por un solo instante,
sea yo merecedor de tanto amor y de tanta gracia?
No me importa, Señor;
Aquí tienes mi fragilidad y mi angustia
mis temores y mi cobardía
mi dureza y mis egoísmos
mis luchas y mis contradicciones
mis flaquezas y mis caídas.

Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme.
Porque, cuando Tú miras,
sé que el futuro ya no será tan incierto
ni tan difícil soportarlo
Sé que el presente estará más lleno
de plenitud y de luz
Sé que el pasado, ya no contará
por los errores cometidos.
Mírame, Señor, y no dejes nunca de mirarme
Y, cuando me mires,
déjame, siquiera un segundo,
acercarme a tu corazón y,
luego, seguir adelante. Amén.










sábado, 6 de abril de 2013

Cree

Buenas tardes, en esta última tarde que va cayendo, antes de que nazca la luz, que es Cristo. Por ello más bien os digo, buena luz, tengáis todos, en este compás de espera, al gozo de la Pascua. Buena alegría, de la verdad, viváis todos, al saber que el silencio de este sábado silente, concluye con un grito: Cristo Vive.

Y todo ello lo decimos al contemplar aún, a este Cristo yacente, que parece más bien, el silencio, la amargura y la oscuridad del corazón humano. Mirémosle aún. Concluye esta dimensión pública de la semana santa, con esta sencilla, escueta y sentida procesión, en la que devolvemos físicamente esta imagen. Cumplimos, aquí sí, el programa de esta Semana Santa 2013. Es verdad, hoy no llueve, y es la hora.

Pero en este cumplimiento social, se esconde un cumplimiento de un Misterio más grande. Es la memoria de un amor desmedido, de una esperanza fecunda, de una fe anhelante que latió en quienes formaron la primera cofradía del Santo Entierro. Su presidenta fue una mujer, María; el tesorero, un hombre rico, José de Arimatea, de vocales, otras mujeres: Magdalena y las otras Marías, a quienes en esta noche se les dio la mejor de las Palabras: Id y anunciad a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me encontrarán.

Si así lo entendemos, resulta entonces, que esta imagen, es mucho más que una talla, de quien hay perfilar su autoría, es una imagen, un Eikon, una ventana que nos abre a una imagen más absoluta. Es el brote primaveral, del árbol de la vida, aunque es de noche. Es la Palabra fecunda del Padre, aunque los hombres creyeron haber cayado. Es el sueño de lo posible, aunque la fe vacile. Celebramos en esta tarde al Hijo de Dios que descansó tras su muerte, no está dormido, yace, aunque muerto, pero no en una pasividad inerte. Mirar a este Cristo sin fe, podría llevarnos a pensar, que la primera gran crisis, fue la de Dios. ¿Será verdad que Dios ha muerto, o quien muere es el hombre, que no reconoce en sí la vida de Dios?

Confesamos en el Credo la verdad de que Cristo, fue sepultado y descendió a los Infiernos. Su muerte fue una realidad física, murió y fue enterrado, como la semilla que porta la fuerza de la fecundidad, aunque parezca un simple y seco grano.

La actitud yacente de Cristo nos recuerda la actitud yacente de la propia Humanidad. Yace nuestro mundo cuando no cree en su propia esperanza. Vivimos yaciendo, si no creemos en la vida que Dios ha sembrado en nuestro ser, somos imagen del Dios de la vida; sintámosla vibrar en todos nuestros poros. Dios quiere que el hombre viva, no que yazca. Que sienta digno, no vencido. Que se alce y sea libre. Que camine y una sus esfuerzos a otros hombres. Cristo descendió a lo más profundo de la muerte para vencer a la muerte.

Hermanos, los discípulos de la primera hora: María, las fieles mujeres, los amigos que formaron la primera Cofradía del santo entierro, José de Arimatea, Cofrade de Honor, fueron agentes del santo entierro de Cristo. Ellos esperaron contra toda esperanza, porque aquella tarde no podía ser el final. Si como hijos de Israel meditaban la Palabra, no podía dejar de sentir aquella promesa del libro de la Sabiduría: la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan. Es decir, la fe nos hace vivir, ¿quieres una alegría mayor? Cree.

Señor todopoderoso, cuyo Unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el Bautismo, resucitar también con él a la vida eterna. 

Guillermo Camino
Consiliario

Meditación pronunciada en la plaza de Santa Ana, durante el traslado del Santo Cristo Yacente, el pasado Sábado Santo.

sábado, 23 de marzo de 2013

Meditaciones del Tríduo (II)

MEDITACIÓN SEGUNDA: LA FE BIENAVENTURADA DE JOSÉ DE ARIMATEA


Después de que José hubo dicho estas palabras, Pilatos mandó que se le entregara el santísimo cuerpo de Jesús. Y una vez llegado al lugar del Gólgota bajó a Dios, según la carne, de lo alto del madero y lo depositó en el suelo, sobre la tierra: allí estaba su Dios, desnudo, según la carne. No se trataba de un simple hombre. Puede ser contemplado extendido aquí abajo al que todos atrae hacia lo alto. Por poco tiempo carece de aura vital el que es la vida y el espíritu de todos. Puede verse sin luz en los ojos al que para tantos había creado la luz de la visión. Yace descansando sobre las espaldas el que es la resurrección de todos. Dios entra, según la carne, en el dominio de la muerte, él, que resucita a los muertos. Guarda silencio, por un tiempo, el que de la palabra de Dios; y es llevado con las manos de aquel que con la suya sostiene la tierra. ¿Acaso nunca, oh José, fuiste consciente de saber, pues, a quien habías pedido, a quién habías pedido y recibido? Sí, realmente, sabes a quién posees, entonces, te has enriquecido. Pero, en fin, ¿cómo podrás realizar los tan terribles ritos funerarios, de dar sepultura al divino cuerpo de Jesús?

Es digno de alabanza tu empeño, pero más laudables son las costumbres de tu alma ¿Acaso tiemblas o, quizá, no tiemblas al llevar en tus manos a aquel ante quien tiemblan los querubines? O, en verdad, ¿hasta qué punto no te estremeces al apartar el lienzo que cubre aquella divina carne?¿No es verdad que cerrabas los ojos religiosamente? ¿Es posible que no tiembles cuando cubres la naturaleza, según la carne, de Dios, que está por encima de toda naturaleza? Dime, oh José, ¿acaso no sepultas mirando hacia oriente, como se hace con los difuntos, al que es el oriente del oriente?¿Por ventura, cómo se hace con los difuntos, no cierras con tus dedos los ojos de Jesús, que con su inmaculado dedo abrió los ojos de ciego? ¿Acaso no cierras los labios del que abrió los labios del mundo? ¿Acaso no envuelves las manos del que hizo que se extendieran los dedos de aquellas manos paralíticas? ¿Acaso, como se acostumbra hacer con los difuntos, no uniste los pies del que hizo andar los pies inmóviles? ¿Acaso no mandaste que se levantara del lecho, el que estaba paralítico: Levántate, toma tu camillas y echa a andar. (Jn 5, 8)? 

¿No esparciste ungüentos sobre el divino ungüento, que se esparció a sí mismo y llenó el mundo con su santidad? ¿No te atreviste a lavar el costado del que aún fluía sangre del divino cuerpo de Jesús, que siendo Dios, sanó a la que sufría pérdida de sangre? ¿No lavaste con agua el cuerpo de Dios, que a todos lavó y dio la purificación del pecado? ¿Cuáles pueden ser también las lámparas que enciendas con verdadera luz a aquel que ilumina a todos los hombres? ¿Qué cantos funerarios le cantarás al que, sin que guarden silencio, es alabado por todo el ejército celestial? ¿No derramarás como se hace con los muertos, lágrimas por él, que lloró y resucitó a Lázaro, que llevaba cuatro días muerto? ¿Qué es lo que puedes hacer a Jesús, que es, en abundancia, el gozo para todo y disipó la tristeza de Eva?

No obstante considero que tus manos son bienaventuradas, oh José, porque sirvieron y acariciaron las manos y los pies del divino cuerpo de Jesús cuando todavía fluía sangre de ellos: declaro que tus manos son bienaventuradas, ellas que tan cerca estuvieron del costado de Dios, del que todavía manaba sangre, antes de que el incrédulo Tomás creyera y fuera alabada su curiosidad. Bienaventurados, digo, sean tus labios, que se llenaron de manera insaciable y se unieron a los labios de Jesús y por ellos quedaste lleno del Espíritu Santo. Bienaventurados tus ojos, tan cercanos a los ojos de Jesús, que alcanzaron por ellos la luz verdadera. Bienaventurado tu rostro, que tuvo acceso al rostro de Dios. Bienaventuradas tus espaldas, que llevaron al que llevaba la carga de todos los hombres. Considero bienaventurada tu cabeza, que estuvo tan cerca de Jesús, que, de todos es cabeza. Bienaventuradas tus manos, que llevaron al que todo lo sostiene con las suyas.


Guillermo Camino
Consiliario

viernes, 22 de marzo de 2013

Meditaciones del Tríduo (I)


MEDITACIÓN PRIMERA: LA FE DE JOSÉ DE ARIMATEA

Su compromiso por Jesús.

Dice el evangelio que Llegada la noche se presentó un hombre rico, llamado José. Realmente rico, puesto que consiguió la hipóstasis plena del Señor. Sin duda era rico, porque recibió de Pilatos la doble sustancia de Cristo. Particularmente rico, porque fue considerado digno de llevarse, no una perla preciosa, sino que lo que se llevó fueron las arcas llenas de los tesoros de la divinidad.

¿Cómo podemos no considerarlo rico, si consiguió, en efecto, la vida y la salvación del mundo? ¿Cómo podríamos decir que José no es rico, habiendo recibido como un don al mismo Cristo, de quien todas la cosas reciben alimento y a todos alcanza su señorío? Llegada la noche; había entrado ya la noche cuando el sol de justicia llevó la muerte a los infiernos. Entonces, vino un hombre rico, llamado José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque oculto, por miedo a los judíos. Llegó también Nicodemos, el que había ido a ver a Jesús de noche (Jn 19, 58 s).

José es digno de alabanza por su audacia ante Pilatos y por su confianza, se presenta ante él, pidiendo el cuerpo de Jesús, ante él se comporta con gran prudencia, para conseguir lo que deseaba. Por este motivo no se comporta ante Pilatos con jactancia alguna, ni pronunciando un sublime discurso: no fuera que, enardecido por la ira, no atendiera a su petición.
Tampoco implora de esta manera: Entrégame el cuerpo de Jesús, que hace poco ha hecho que el sol se oscureciera, ha roto las piedras, ha provocado que la tierra se estremeciera, ha abierto los sepulcros, ha partido en dos el velo del templo. Nada de todo eso fue lo que dijo a Pilatos.


  ¿Qué fue, pues, lo que le dijo? Hizo una petición muy sencilla y de una gran pobreza: Oh juez, me acerco a ti para pedirte una gracia muy pequeña. Y, siendo así, entrégame, para que pueda sepultarlo, al que acaba de morir, el cuerpo del que ha sido condenado por ti, el cuerpo de Jesús de Nazaret, de Jesús, el pobre, de Jesús, que ni casa tenía, de Jesús, colgado, desnudo, despreciado, de Jesús, el hijo del carpintero, de Jesús, el vencido, el que vivía a cielo abierto, el huésped desconocido venido de otra tierra, despreciado y colgado por encima de todos. Entrégame a este peregrino ¿Qué utilidad tendrá para ti el cuerpo de este peregrino?

Entrégame a este Perugino, vino de una región muy lejana, para seguir siendo peregrino, bajó al lugar de las tinieblas para reducir al peregrino. Entrégame a este peregrino. Él y sólo Él, es peregrino. Entrégame a este peregrino, del cual nosotros, peregrinos, ignoramos el padre. Entrégame a este peregrino, que soportó la vida peregrina y ser vencido en un país extranjero. Entrégame a este peregrino de Nazaret del que los peregrinos ignoramos cómo fue engendrado y su género de vida. Entrégame a este peregrino voluntario, que no tenía aquí donde reclinar la cabeza. Entrégame a este huésped, el huésped que, al tener casa propia, recibió albergue y fue colocado en un pesebre. Entrégame a este peregrino que, aún en el mismo pesebre, ya huyó a causa de Herodes…

Concédeme, oh gobernador, poder sepultar al que ha muerto: él fue quien sepultó mis pecados en el Jordán. Te pido por favor, que me entregues al que ha muerto y a quien todos injuriaron, un amigo lo vendió, un discípulo le negó, sus hermanos le ultrajaron con insultos, fue abofeteado por un sirviente, es por este muerto por el que te suplico, por él que fue condenado por aquellos a los que él había liberado de la esclavitud; que fue herido por aquellos mismos a quienes él había devuelto la salud. Sus discípulos le dejaron solo, se vio privado de sus misma madre. Es por este muerto, oh gobernador, por quien te suplico, se encuentra colgado del madero porque no tiene casa. Nadie intercede por él, como haría un padre de esta tierra, un amigo, un discípulo, un pariente, un sepulturero. Verdaderamente sólo Él es el unigénito del único Dios. Es el Dios que ha venido a este mundo y no hay otro.
 
Guillermo Camino, Consiliario

miércoles, 20 de marzo de 2013

Fe y amor que brotan de unas llagas

Como si se tratase de un legado querido, el Santo Padre, Benedicto XVI, nos ha regalado un precioso Mensaje para la Cuaresma de 2013, en donde retoma aspectos claves de su Magisterio al invitarnos a descubrir la interrelación entre la fe y la caridad. En la misma línea de la Carta Apostólica Porta fidei, el Papa profundiza la relación que existe entre creer en Dios, en el Dios de Jesucristo, y la caridad como entrega y servicio a Dios en los hermanos. 

Su lectura reposada supondrá una gran ayuda personal a favor de “una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo”, como nos dice el Santo Padre en su Carta Apostólica para el Año de la Fe, que luego ha de traducirse, en respuestas concretas a favor de la caridad. La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin la fe sería un sentimiento constantemente a mercede de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino” (n.14). 

A ello nos ha invitado nuestro Arzobispo al colaborar de un modo singular en esta Cuaresma con los proyectos de Cáritas Diocesana. 

El mensaje Cuaresmal del Papa se desarrolla en cuatro apartados escalonados, cuatro meditaciones, que nos conducen a través de sus palabras a su Carta Encíclica Deus caritas est a las íntimas relaciones existentes entre fe y caridad. Las palabras del Apóstol San Juan (cf. 1Jn 1, 16) son como el pórtico que marca el camino de la próxima Cuaresma: Conocer el amor que Dios nos tiene a cada uno para, como pueblo suyo, creer en Él y corresponder a ese amor mostrándoselo a los demás. 

Fe y caridad son manantiales hermanados que brotan de las llagas de Cristo, como aguay sangre brotadas de su corazón son expresión de su Espíritu entregado en lo alto de la Cruz. Tenemos la suerte de poder acercarnos al Santo Cristo Yacente desde una altura tan próxima en que su horizontalidad nos hace más cercanas las cinco llagas en un mismo plano, no es necesario descender o ascender, sino estar a la altura, a la altura de tanto amor. El Cristo llagado y humillado, postrado en coherencia, con lo que fue el abatimiento continuado de su vida, nos recuerda el Dios en quien creemos, ese Cristo que por nosotros se hizo amor entregado hasta la muerte, “que fue crucificado, muerto y sepultado”. 

En esta última constatación manifestada en el Credo quiero que sea el tema en que profundicemos en nuestro Triduo de este año. El Cristo yacente, es el mismo que murió por amor en la Cruz, que sepultado descendió a los infiernos por amor, que con amor venció a la muerte. En este Cristo amor creemos. A este Cristo amor profesamos nuestra adhesión, nuestra solidaridad compasiva. Ser devoto no es ser observador. La devoción mueve el corazón, no sólo la mirada. 

Que la fe y el amor que brotan de las sagradas llagas del Cristo yacente, mueva nuestro corazón a amar a lo “llagados” de la historia. Dichosos los misericordiosos.

Guillermo Camino
Consiliario

*Texto preparado para el boletín informativo de la Cofradía, en la Cuaresma de 2013

viernes, 22 de febrero de 2013

Al pie y en la cumbre de la montaña

En el inicio de esta cuaresma volvemos nuestra atención a la Palabra, y aún a través de la ventana a la red por la que dejamos que lleguen y salgan tantas comunicaciones, ahora, en medio del fragor de la vida, hacemos un huequecillo para que se filtre aire que viene del Tabor. Es una brisa y a la vez es huracán, sopla desde la cima y se encamina al pie de la montaña. Todos los años la Palabra de Dios en Cuaresma nos invita a vivir un itinerario, es como una excursión a la interioridad. 

Del desierto a la montaña, y de la cumbre por la falda, a los pies. Si el pasado domingo compartíamos con Jesús su silencio en el desierto, si descubríamos su lucha interior por vislumbrar su proyecto de vida, renunciando al poder, al prestigio, el tener.. todo ello nos habla de la hondura del corazón humano en donde ha de definirse el proyecto de lo cuanto somos, y en cuyo silencio hallamos a Dios, el nos guía en el desierto del corazón. Este domingo la Palabra nos presenta la altura. En la cumbre sentimos un cierto deseo de ascensionalidad, vemos la vida más en su conjunto, tenemos una panorámica, de nosotros y de nuestro medio. 

Es bueno buscar estos momentos de subir a la cumbre, un buen paseo por lo alto de nuestros cerros vallisoletanos, superando la llanura de la cotidianeidad, nos permite caminar a solas y encontrarnos con una luz distintas, desde lo alto todo tiene como un color nuevo. La vida se puede transfigurar. Esta realidad la podemos vivir también en el interior, al fin y al cabo, orar es ponerse cara a cara ante Dios, ascender y volver a bajar a la vida, pero transfigurados, es decir con una luz nueva; es como cuando subimos a una cumbre, sentimos el esfuerzo, incluso el vértigo, desde lo alto contemplamos la globalidad, y al bajar… no sabemos por qué ni cuándo, pero el sol ha curtido nuestro rostro, nos ha marcado su luz. Todo requiere tiempo, como al orar, no se sube a Dios con prisas, no se corre y se provoca fatiga, a Dios le encuentra quien le busca, te transfiguras si no le ocultas tu rostro.

Jesús en lo alto de la montaña, para siempre Tabor, les mostró a sus discípulos el sentido de su misión: Era el Hijo, bien querido, la Palabra que debía ser escuchada, en la gloria y en el dolor, en el fulgor del Tabor y en la noche del Gólgota. 

La actitud del Cofrade en el ejercicio de una procesión le llamamos “iluminar el paso”. Poner luz a una imagen, hacer visible lo que la ciudad y sus luces no enfoca. Tenemos el deber bien querido, de poner luz a este Cristo que nos invita a transfigurarnos y ser luz junto a Él y junto quienes caminan al pie de la montaña. Esta conocida obra de Rafael nos habla de ese mutuo deber: dejarse encontrar por Jesús en la montaña, dejarse encontrar por el dolor de los hombres, al pie de la misma. Que esta plegaria del P Javier Leoz complete la reflexión iniciada. Buena Cuaresma.

Subiste al Tabor, y lejos de olvidarnos,
nos invitaste a escalar contigo.
¿Se puede pedir algo más, a un amigo, Señor?
Ascendiste al Tabor, y sin dejarnos de lado,
nos hiciste partícipes de algo, que lejos de ser sueño,
fue gloria, presagio, anuncio, pasión, muerte y futuro.
¿Se puede pedir algo más, a un amigo, Señor?
Nos cogiste, Señor, y para que supiéramos lo qué era el bien
nos hiciste testigos de una Gloria
de un triunfo, de una cruz, de una pasión
y de una Resurrección que, a todos los que creemos, nos espera
¿Se puede pedir algo más, a un amigo, Señor?
Trepamos contigo, Señor, a la montaña
y, con nuestros ojos abiertos al Misterio
supimos que algo extraordinario ocurría delante de nosotros:
una voz del cielo, dos rostros conversando contigo y un cielo abierto
¡Qué bien, Señor, estábamos en ese momento!
¿Se puede pedir algo más, a un amigo, Señor?
Sólo sabemos, Señor, que somos tus amigos
y que, todos los domingos, en la Eucaristía
nos rescatas del mundo a la Gloria de Dios
del sin sentido, a la sensatez
de la mentira, a la verdad
de la debilidad, a la fortaleza
de la muerte, a la Resurrección.

Guillermo Camino
Consiliario